El Otro Día (Ignacio Agüero, 2012)

Precisamente por la simpleza de la premisa de observación con la que se nutre, al mismo tiempo espontánea y rigurosamente objetiva, El Otro Día se transforma en una obra errante que se inicia en dominios más íntimos del director para desplazarse en paralelo hacia el registro humano de la periferia santiaguina.

Su proyecto es el de registrar la historia y el hogar de quienes tocan a la puerta de su casa, sin más filtro que el acuerdo previo para acceder a ser grabado. Desde ese objetivo que actúa como punto de fuga narrativo, el documental se abre a una indagación impulsada por la espera y la voluntad de hallazgo, pero motivada también por una dimensión testimonial que esta vez sitúa al ciudadano común o, más bien, a la periferia social, como la cadena sinfín con la que se alimenta su narración.

La cinta ingresa al dominio de siete personajes (desde un mendigo hasta una estudiante de comunicación audiovisual) a los que hay que sumar a Felipe, el hermano gemelo del director, y también al propio Agüero, quien relata una historia de otro tiempo, la de sus padres desde que se casaron hasta que su madre enviuda a fines de los sesenta. El filme se interesa por igual en el trozo de vida de cada uno porque la objetividad de su método no discrimina y revalora tácitamente una vocación documental que se aleja de los personajes extraordinarios.

Tomando su propio hogar, una antigua casa de 1920 en Providencia, como punto de partida y también de retorno, el director establece conexiones territoriales que se organizan en el filme como sucesivos desplazamientos. Cada trayecto es físico pero también temporal, en tanto la distancia no es sólo de barrios y clases sociales, sino también de una cronología desmembrada y trunca que se enrosca en cada una de las vivencias que aluden a otros instantes de Chile.

Desde el momento en que Agüero despliega el mapa de la Región Metropolitana sobre el muro de su casa se sintetiza visualmente la lejanía entre cada punto y a partir de ahí la cinta delinea su búsqueda por articular todas sus imágenes (las visuales y las sonoras) según los caprichosos parámetros del recuerdo.

El azar del presente y del pasado, pero sobretodo de la memoria, son focos permanentes y en gran medida conductores de la narración. Es precisamente la coincidencia de la luz que cae sobre la fotografía de los padres del realizador, recién casados en una base naval en la Isla Quiriquina en 1945, la que literalmente inicia el viaje y que entronca cada relato con la travesía familiar, rozándose unas con otras pero separadas por más de medio siglo de distancia.

Pareciera ser que el objetivo del filme es desmontar ese vínculo secreto, la arquitectura hermética del destino que une todas las historias. La película, entonces, está articulada por fuerzas profundas a las que el director se entrega por entero y con las que construye un cuadro tridimensional donde a las coordenadas físico-geográficas –tan presentes en sus anteriores trabajos– se suma ahora la especial atención que le otorga al tiempo y a las pausas.

Agüero filma la armonía de espacios cerrados con planos paralelos en los que la idea de cronología no existe más que en su dimensión interna: el detalle de una puerta, un gato en el jardín, fotos familiares en dos tiempos (su hija y sus padres) y su propia voz en off que oficia como puente entre esos elementos. Hay en la casa una temporalidad diferente ligada con el silencioso paso de las horas y con la luz del sol como guía.

Son evidentes en este punto las continuidades entre este filme y su largometraje Aquí se Construye (2000), porque se narra desde el espacio íntimo de una casa antigua que parece haberse salvado de la obsesión inmobiliaria contemporánea, pero su estructura itinerante sigue los pasos de Sueños de Hielo (1993) y su registro de la historia no oficial abarca desde No Olvidar (1982) hasta El Diario de Agustín (2008).

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La voz de la memoria

En cierto sentido, ésta podría ser la más ruiziana de las películas de Agüero, porque en ella las certezas de la aproximación documental se difuminan y la certeza respecto de lo que se ve tiende a desvanecerse. Desde su título, que alude al recuerdo de un pasado muy reciente sin precisión específica –como también lo hacía La Mamá de Mi Abuela le Contó a Mi Abuela (2004)–, la cinta se retrae hacia el registro impreciso del recuerdo y el director se encarga de añadir allí sus propios apuntes sobre la poca fiabilidad de la narración oral. “¿Cuántas veces conté a Raimundo historias que no eran completamente ciertas? O mejor dicho, ¿historias que eran completamente falsas?”, se pregunta el realizador al referirse a la relación con su hijo.

No es que Agüero cuestione la sinceridad de los personajes que hablan en su filme, pero le concede a todo la posibilidad de ser único sólo en el específico instante de su registro. Un momento entre miles, un relato entre muchos. La oralidad de El Otro Día también está trazada desde la memoria y lo fugaz. Por eso Agüero se permite interrumpir abruptamente su narración con más de una digresión para retomarla momentos después, incorporar los equívocos y malentendidos en los diálogos con sus personajes, o convertir la historia de su hermano gemelo en uno de los momentos más extraños del filme.

Con ese mismo sentido de libertad el documental está constantemente interceptado por planos subjetivos (imágenes de barcos y témpanos de hielo que funcionan como recuerdos o evocaciones mentales) y poblado de situaciones que evidencian la propia factura del documental, como ese plano filmado en Huechuraba donde los niños preguntan por la cámara que los graba.

Todo aquí es fresco, único e imperfecto. Agüero está lejos de la pulcritud del documental mainstream y la belleza de sus imágenes emana precisamente de la simpleza cotidiana y de su intacta capacidad para extraer dimensiones dramáticas de objetos físicos. La casa progresivamente va convirtiéndose en un refugio y Agüero registra esa intimidad en las heridas de ese espacio: las goteras, los mueles, el árbol torcido del patio…

El lugar de los últimos planos del filme es el mar, no el del recuerdo, sino el que brota espontáneamente en el escenario del último de sus entrevistados. Con esa imagen (y la posterior lectura de Coloane), Agüero engancha circularmente su pasado con el presente social y humano de la geografía que aleatoriamente ha intentado rescatar. Así, la historia cierra un año después del inicio del rodaje y el regreso culmina en casa, ese entorno privado que el director, tan celoso de su intimidad, ha abierto en su película.

El Otro Día desmiembra la tradición del documental político, cuestiona la sobreplanificación, el objeto de observación e incluso sus métodos. Es una hermosa cinta que restituye como estatuto cinematográfico el valor del azar y del imprevisto, de lo simple y lo cotidiano, no solo para el cine de no ficción, sino para cualquier aproximación hacia la naturaleza humana.

Felipe Blanco