Más allá de las listas (2): Estados precarios

Las listas se acumulan a fin de año en un clima festivo donde críticos, programadores, cineastas y espectadores votan lo más destacado del año a modo de revisión. A la ilusión de una totalidad -la imposible idea de alguien que pudiese ver “todo” lo que se estrenó y se proyectó en un año, idea que aún surge en espacios canónicos- el circuito cinéfilo ha optado por una actividad saludable que es afirmar una comunidad y sus intercambios, entendiendo el proceso colectivo de construcción de un canon, multiplicando la posibilidad abarcativa, desde una lectura  multitudinaria, atenta a los tráficos y soberanamente subjetiva.

Las listas son parciales: renunciar a su hecho de totalidad, ha llevado también a renunciar a su vocación analítica. Ejemplo: la renuncia a revisar metódicamente un “estado de la cuestión” en un período de tiempo determinado, desconfiando que entre medio de las múltiples pantallas y formas de acceso (pirateo, festivales, estrenos en sala, netflix y etc) sea posible aún concebir un “tiempo social común” de consumo cinematográfico, poniendo en duda que el valor cinematográfico sea un proceso colectivo sino individual. Si “el gusto es mío, nadie me lo puede quitar”, las listas también sirven, es cierto, para la exposición narcisista del gusto desde cierto rupturismo avant-la-lettre, a veces con algún argumento; otras para un esnobismo que juega chueco “miren lo poco que me importa caber en sus supuestos criterios”. Los recelos de algunos frente a las listas son comprensibles, aunque es cierto que este particular esnobismo cinematográfico forma parte de una tradición de la cual grandes nombres no han quedado ajenos (es cosa de observar las exquisitas preferencias de una Susan Sontag y la promulgación posterior de una “muerte del cine”).Singularidad de criterio, lucha por discernir y diálogo, son elementos escasos en un régimen consumista del cine que poco interesa reflexionar sobre sus propios procesos, más bien esperar aquella “next big thing” que terminará por llegar a estar disponible para una ansiosa voracidad.

Esnobismos de más o de menos, lo cierto es que en un punto las listas podrían ser innecesarias (en mi caso personal, el exceso me lleva a la desidia, a un “preferiría no hacerlo”, cuestión de la cual intento sobreponerme) sino fuera que de ellas se deriva una intencionalidad que excede el mero exhibicionismo para asumirse como medida de emergencia, un intento posiblemente pequeño, por intervenir en circuitos determinados. En ese sentido, la celebración de películas y la exposición narcisista del gusto, a veces olvidan el piso social, el “estado de las cosas” donde otros agentes intervienen con claras zonas de interés (patrimonial, estatal, mercantil) y donde al interior de los mismos espacios hay conflictividades en ciernes que hay que observar, comprender y criticar.

Sólo en ese sentido, podemos decir que este año fue un buen año para los estrenos comerciales, por ejemplo, o quizás quiera decir simplemente “un año un poco más variado”, con algo de aire. Si hacemos una tabla comparativa de años anteriores, este fue el año donde se exhibieron -fruto de esfuerzos muy particulares- películas de circuitos no hegemónicos con algún grado de búsqueda formal de interés: La tierra y la sombra (Colombia), Hoje (Brasil), La tribu (Ucrania) , De tal padre tal hijo (Japón ); películas recientes de circuitos internacionales con cierto rango de calidad filtradas en el llamado “circuito de sala de cine arte” (una categoría de la que debemos sobreponernos aún), como es la excelente Ave Fénix (Petzold, estrenada a tiempo), Maps to the stars (Cronenberg, con retraso), la bergmaniana película polaca Ida (Pawlikowski, con retraso) o el interesante thriller amoroso El cuarto azul de Mathieu Amalric.., por mencionar muy al paso que de pronto la cartelera internacional parecía abrirse un poco. Y este fenómeno de des-centramiento y diversificación, sin ninguna política clara al respecto, es más bien fruto de esfuerzos e intentos de colectivización del circuito de salas de cine arte santiaguino como son Cine Alameda y Normandie, o del ojo de Transeuropa para mantener un público fiel a su sala El Biógrafo. A la espera, quedan muchos filmes que circularon en circuito festivales o dieron que hablar, desgraciadamente aún en un circuito especializado que hay que luchar por abrir y llevar al público amplio.

Así también, con algo de suerte pudimos ver en cartelera comercial algunas películas excepcionales pero que estuvieron poquísimo tiempo, ya que son películas que las sedes locales maltratan en términos en la exhibición, hablo, por ejemplo de Boyhood (Richard Linklater), Vicio Propio (Paul Thomas Anderson, votada mejor película) o Mad Max (George Miller), todas ellas mencionadas en la lista de preferencias, todas en condiciones de proyección de maltrato (retraso en meses de fecha de proyección, poca publicidad, mala elección de fecha, mal horario, pocas salas).

Si hay un circuito de exhibición que se ha consolidado y se encuentra lejos del panorama proyectado hace tan sólo dos años atrás es el del cine chileno.  Más del 70% de las pantallas alternativas de cine (las mencionadas, e incluyendo Sala Radicales, Cineteca Nacional, entre otras y sin contar salas regionales) exhiben cintas chilenas, fruto también de apoyos y subsidios (proyectar cintas chilenas da beneficios a los espacios). A esto se suma un incremento en número de estrenos nacionales, el mes de noviembre pasado tuvimos 13 de ellos en salas. Este año, además, no solo hubo una consolidación del circuito Miradoc (por tercer año realizando un excelente trabajo a nivel nacional con el circuito documental, proyecto que no fue financiado por el Fondo Audiovisual), sino que nuevos distribuidores: Storyboard media  y Cineteca Nacional (con una agenda propia de exhibición, dando cabida a películas aún de más bajo estándar). Un nutrido, variado, también irregular número de estrenos chilenos coparon la sala de este año, generándose lentamente un interés local. ¿Un año de legitimación donde el cine chileno encontró un grupo de espectadores con los cuales dialogar?

Respecto a las películas: variedad, pero también recurrencia. Por un lado, explosivamente ácido con las instituciones eclesiásticas (El ClubEl bosque de Karadima), pero que la clave general estuvo dada por un clima de retorno histórico en distintos tonos: la épica en Allende en su laberinto; la trastienda familiar en Allende, mi abuelo Allende; el olvido trágico en El botón de Nácar; indagaciones en episodios de la historia reciente en dictadura y período de la UP –Escapes de gas, Chicago Boys, Habeas corpus– que hablan de un cine inquieto por la memoria reciente, ahondando en lo testimonial. Desde otra configuración, podríamos pensar cierto cine más desde una interrogante por las identidades en democracia, y con una clara apuesta exploratoria en lo formal, hablo de Naomi Campbel (la pregunta por el cuerpo, la diferencia y lo transgénero, desde un mix documental/ficción) y Crónica de un comité (la pregunta por la justicia desde la existencia real de subjetividades marginadas por el sistema, desde un documental polifónico y transgresor). Y desde la posición de un documental exploratorio y en el trabajo de puesta en escena marcado, el documental La once de Maite Alberdi (que tiene el mérito no menor de haber llenado la sala y permanecer semanas en cartelera) y, desde una forma más radical, en el documental Surire de la dupla Perut/Osnovikoff, una obra que puede pasar fácilmente de lo sensorial a lo etnográfico. En la ficción, no me hago una película clara. Exploraciones más formales (Mar, Aquí estoy, aquí no), el experimento LP de Fuguet (Invierno), el nudo familiar y psicoanalítico de Jímenez (La voz en off) y el que considero el retorno del año, Tiempos Malos de Cristián Sánchez, me darían la pauta para pensar que pasó este año. Variedad y recurrencia. No un año marcado por algo definitivo. Todo abordado aquí en el blog.

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