Toy Story 4: Clasicismo Pixar

Sería difícil sobredimensionar el lugar que ocupa la primera entrega de Toy Story (John Lasseter, 1995) en la historia del cine. Se trata de la película base de una de las sagas más reconocidas y queridas, y del primer largometraje de uno de los estudios de animación más importantes de cualquier época. Su calidad de hito, sin embargo, radica más bien en un hecho técnico: Toy Story es la primera película de animación completamente digital. Después de varios experimentos en forma de cortometraje, Pixar se impuso como uno de los gigantes de la animación gracias a un nivel de detalle y textura con el que los programadores de gráficos por computadora solo podían fantasear en la década anterior.

Además de la proeza técnica, Toy Story se estableció como la película matriz para los posibles mundos ficticios de la animación digital. De cierta manera, estos juguetes que cobraban vida cuando no los veíamos eran la metáfora perfecta para la animación digital. Si la animación tradicional todavía necesitaba del dibujo y del trazo para crear movimiento, la animación por computadora podía inyectarle vida a unos personajes “de la nada”. Por esta razón, se entiende que este “What if” de Toy Story se repitiera a lo largo de varias de las películas siguientes del estudio. Progresivamente, la idea de proyectar sentimientos y lógica humana en los juguetes se trasladó a la especies marinas, a los monstruos imaginados por niños, a los automóviles, y, en su punto extremo. a los propios sentimientos. Por si fuera poco, este modelo se replicó más allá de los límites del estudio, desde Shrek (Andrew Adamson y Vicky Jenson, 2001) hasta Ralph, el demoledor (Rich Moore, 2012). Inclusive, una película olvidable como La vida secreta de tus mascotas (Chris Renaud, 2016) podía expresar desde el título que esta idea se podía sobreexplotar sin problemas ni culpas.

Sin embargo, por más que Toy Story haya sido estandarte de lo novedoso en los noventa, fue más bien su espíritu clásico el que lo convirtió en una película de tipo “atemporal”. Si las texturas de sus personajes estaban a la vanguardia técnica, su historia centrada en la amistad como valor universal estaba más cerca del ánimo de una película de Frank Capra.

Toy Story es una película que, obedeciendo al imperativo del remix de los noventa, intercala entre tonos y géneros, desde el romance hasta el terror, desde la aventura hasta la buddy movie. Aún así, en el centro se esconde un relato del sentido de la lealtad en su sentido más clásico y hollywoodense. La elección de un músico setentero como Randy Newman como compositor principal confirman esa falta de apuro por ser un símbolo de su tiempo, especialmente si recordamos la tendencia de insertar músicos de moda en las películas animadas. En cambio, la obra de Lasseter significaba una vuelta al cuento con moraleja y al relato de Hollywood en el que las buenas intenciones se imponen al final.

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El hecho de que se agregue una cuarta entrega a la saga está más relacionada con la solidez de este modelo que con la supuesta falta de ideas del estudio. Si es que tanto Disney como Pixar se empeñan por retomar sus viejos relatos no se debe a un deterioro de la “originalidad”, sino a ciertos cambios en los esquemas narrativos acontecidos recientemente. Si todo se tratara de revivir ideas originales ¿por qué Disney escogería partir por Dumbo (Tim Burton, 2019), uno de sus clásicos con menos peso narrativo y prácticamente sin trama? La explotación del factor de la nostalgia podría ser una razón, pero difícilmente lo sea la falta de “ideas”. Toy Story 4 (Josh Cooley, 2019) es justamente un ensanchamiento del mundo narrativo anterior, pero también una especie de relectura interna de sus antiguos postulados.

Toy Story 4 comienza con un breve flashback situado poco tiempo antes de que Andy dejara sus juguetes a la pequeña Bonnie. En medio del rescate de un juguete extraviado, Woody (Tom Hanks) descubre que la familia de Andy está regalando a Boo Peep (Annie Potts), la muñeca de su hermana Molly. Mientras Woody intenta traerla de vuelta, Boo le explica que no tiene nada de malo ser regalada y rechaza el rescate. Nueve años después, Woody y los juguetes se preparan para el primer día de escuela de Bonnie, su actual dueña. Después de su visita, Bonnie regresa a casa con Forky (Tony Hale), un nuevo juguete realizado por ella misma con materiales reciclados. Una vez que Forky se extravía en un viaje familiar, Woody debe emprender un viaje de rescate. En el camino encuentra pistas que lo podrían llevar nuevamente a encontrarse con Boo.

El juguete como objeto, por más evidente que sea decirlo, siempre ha estado al centro de Toy Story. Si en la primera entrega esto tenía que ver con la “vida” de los objetos a través de la psique infantil, en la segunda parte se introducía a un villano coleccionista, es decir, alguien que entendía la función del juguete más allá del juego. Más tarde, en Toy Story 3 se introducía el problema de la obsolescencia del juguete cuando este termina su función de compañía infantil, como en el caso de Woody y la pandilla cuando la vida lúdica de Andy se interrumpe con su entrada a la universidad. En Toy Story 4 se introducen nuevas aristas relacionadas con el juguete y sus valores de uso y de cambio. En primer lugar, está la desesperación de Forky por convertirse en juguete después de haberse entendido a sí mismo como basura y, en segundo, aparece la revalorización del juguete obsoleto a través de las tiendas de antigüedades.

Si bien no cuenta con un villano tan delineado como Al McWhiggin, existen varios puntos en común entre esta nueva entrega de la saga y Toy Story 2 (John Lasseter, 1999). La segunda parte de Toy Story se ahorraba la necesidad de presentar a los personajes principales y de tener que explicar el funcionamiento de los juguetes cuando nadie los ve. Omitiendo eso, la secuela podía centrarse de manera mucho más directa en la vertiente más aventurera de Pixar. Un poco antes de Buscando a Nemo (Andrew Stanton, 2003), en Toy Story 2 se desarrollaba una road-movie en la que se ensayaban distintas escenas de acción y se introducía un buen número de personajes secundarios nuevos.

Hasta cierto punto, lo que Toy Story 2 era para Toy Story, Toy Story 4 lo es para Toy Story 3. La tercera entrega adquirió notoriedad por ser una de las películas más emocionalmente densas del estudio, mostrando el paso de la adultez a través de la dura situación de los juguetes en el abandono. Esta cuarta entrega, en cambio, presenta una versión más ligera del mismo tema, funcionando nuevamente como una especie de road-movie en la que cada parada sirve para introducir nuevos personajes. Varios de los chistes tienen que ver con esta propuesta menos ambiciosa, especialmente aquellos gags visuales basados en la forma y materiales de ciertos tipos de juguete.

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Este tipo de humor, entre lo literal y lo infantil, recuerda nuevamente la herencia clásica que posee Pixar. En este caso, la comedia física tiene más presencia que en otras entregas, especialmente en la historia paralela de Buzz Lightyear. Como Chaplin, Lightyear se convierte en un héroe solo por accidente, resolviendo situaciones gracias a distintas torpezas afortunadas. Pareciera que después de que el gag físico cayera en las manos de las peores comedias norteamericanas, distintos personajes digitales han sido capaces de recobrarlo con cierta gracia. Tanto el oso Paddington como Buzz podrían ser sucesores de esta clase de comicidad física, más cerca de Keaton que de Steve Martin.

La aspiración universal de Pixar se expresa también en su manera de tratar el presente. El abandono de Andy y el relevo de Bonnie son presentados como parte de un mismo ciclo natural. Si se tratara de un estudio más ocupado de los signos del presente, como Dreamworks, los juguetes se verían enfrentados al olvido debido a las interfaces digitales y al uso temprano del internet en los infantes. En cambio, el tipo de identificación que propone Pixar se puede transportar a distintas generaciones, lo que podría explicar que desde el principio haya sido un estudio elogiado por su manera de entretener también a los adultos.

Todos estos elementos hacen su reaparición en Toy Story 4. A esto se le suman algunas escenas de hazaña visual, como la apertura bajo la lluvia en la que el estudio demuestra su comodidad con el agua, uno de los obstáculos famosos de la animación digital. También aparece, como no, otro de los emotivos desenlaces del estudio, una de las marcas de la casa más esperadas después del éxito de Up (Pete Docter, 2009). Se extraña, tal vez, alguna de las escenas mayor densidad de la tercera entrega, pero se trata de un cierre más distendido que el anterior. También es una prueba de que un director novato puede ajustarse a Pixar sin que haya cambios notorios. Se trata de un estudio en que la marca autoral es menos importante que el trabajo desarrollado entre película y película. Toy Story 4 es una entrega a la altura de aquel historial.

 

Nota comentarista: 7/10

Título original: Toy Story 4. Dirección: Josh Cooley. Guion: Stephanie Folsom, Andrew Stanton. Fotografía: Patrick Lin, Jean-Claude Kalache. Montaje: Axel Geddes. Música: Randy Newman. Reparto: Tom Hanks, Tim Allen, Annie Potts, Tony Hale, Keegan-Michael Key, Jordan Peele, Christina Hendricks, Keanu Reeves, Joan Cusack. País: Estados Unidos. Año: 2019. Duración: 100 min.