Informe Festival Internacional de Cine de Edimburgo 2017: Mirarse el ombligo

Si hay algo que caracteriza a la capital de Escocia, aparte de que en cualquier momento puede llover, es su variedad festivales. Durante el año se realizan festivales de todo tipo, basta constatar que tan solo en referencia al cine la oferta es amplia y va desde cine africano, francés, polaco, español, y un bastante mediocre y europeo festival de cine iberoamericano. Sin embargo, por lejos, el más importante, no sólo para la ciudad sino que para el Reino Unido, es el Festival Internacional de Cine de Edimburgo (EIFF, su sigla en inglés), uno de los más antiguos y que este año celebró su versión número 71.

El festival, al igual que la ciudad, vive de un pasado glorioso, lleno de estrellas de cine y grandes estrenos, que con el paso de los años ha tendido a ser un evento orientado a la producción local (Escocia e Inglaterra), con pocos estrenos relevantes y con una programación que privilegia películas que pronto estarán en cartelera o que ya han pasado por otros festivales. Dentro de tal contexto de escasa novedad este año se programaron filmes interesantes y otros decepcionantes, pero si algo hay que destacar del festival es su masiva audiencia. Pese a lo caro de los tickets (de £8 a £12 precio estudiante, unos siete mil a once mil pesos chilenos) y lo excluyente de las acreditaciones (más de 150 mil pesos chilenos la más barata), todas las funciones estaban repletas o al 90% de su capacidad.

Hablando de la programación, como ya se dijo, en términos generales el EIFF es un festival europeo enfocado en Europa. La mayoría de las películas provienen de ahí, destacando, obviamente, las muestras específicas sobre cine escocés, cine de Reino Unido y, este año,  el cine polaco como invitado especial. A eso se suma la muestra de cine europeo, una muestra de cine estadounidense y otra muestra llamada World Perspective. Esta última más parecía ser una muestra de cine asiático que mundial, ya que, por ejemplo, la presencia latinoamericana se reducía a un par de películas que, además, pasaron desapercibidas. Dentro de las películas que ya han tenido un recorrido festivalero durante la primera parte del año podemos señalar casos como Donkeyote (Chico Pereira, 2017) y Demonios tus ojos (Pedro Aguilera, 2017), que están en mi reporte del Festival de Cine de Rotterdam.

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El EIFF abrió con God’s Own Country, el debut del director Francis Lee que fue estrenado mundialmente en el pasado Festival de Sundance y se presentaba por primera vez en el Reino Unido. La película cuenta la historia de Johnny, un joven homosexual de la zona rural de Yorkshire, al norte de Inglaterra, que se enamora del nuevo trabajador del pequeño rancho de su padre, Gheorghe, un joven inmigrante rumano. La película está llena de clichés que la hacen sumamente predecible: Johnny acostumbra a tener sexo casual aunque nunca una relación sentimental, pero con Gheorghe conoce el amor, aprendiendo a besar y a aceptarse a sí mismo. Si bien a veces la torpeza de Johnny conmueve, ver como un galán con rasgos latinos le enseña la naturaleza del amor, termina aburriendo. Algo destacable es la atmósfera de soledad que la película logra transmitir, con planos que muestran la infinitud de un paisaje prácticamente abandonado, donde los personajes se pierden dentro de la sensación de que nada sucede en el lugar y el tiempo pareciera no avanzar. Para el contexto británico la película genera empatía a través de un difícil acento de yorkshire (casi tan complejo como el escocés), los paisajes rurales y la actuación protagónica de Josh O’Connor que, pese a los clichés, conmueve a ratos.

Uno de los estrenos mundiales que tuvo el EIFF fue Story of a Girl, debut como directora de la actriz Kyra Sedgwick, basado en la novela homónima de Sara Zarr, acerca de la vida de Deanna, una adolescente que se hizo conocida en su pueblo por un video sexual que subió a internet a los 13 años. Deanna sufre todas las crisis típicas de la adolescencia, peleándose con sus padres, amigos, cometiendo errores y tratando de repararlos. Es una película para adolescentes y pensada para la televisión, en ese sentido cuesta entender su exhibición en el EIFF más que por términos de marketing. La película es producida por Kevin Bacon, uno de los invitados del festival junto a la directora, quien además tiene un pequeño papel como la jefe de Deanna en una pizzería. De todas formas, dentro del subgénero “película de TV para adolescentes”, Story of a Girl cumple con sencillez y buenas actuaciones una premisa simple: qué siente una chica al crecer.

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Sin tantas luces, Sexy Durga se estrenó a sala repleta. La película de Sanal Kumar Sasidharan venía con el antecedente de haber ganado la HIVOS Tiger Competition del Festival de Rotterdam (la cual no pude ver en mi reporte sobre el IFFR). Sexy Durga es una extraña road movie que juega con la ficción y el documental etnográfico sobre la India. La película se inicia con una tradicional ceremonia hindú, en la que se ven hombres perforados, vistiendo colores vistosos y donde las mujeres son casi invisibles. En ese contexto, los protagonistas, Durga y Kabeer, son una pareja que escapa a Pakistán porque su relación no es aceptada. En ese trayecto son recogidos por una van con dos hombres que se ofrecen llevarles a la estación, comenzando un trayecto del cual nunca sabemos su final. La película desarrolla una atmósfera que recrea el miedo y la inseguridad de ser mujer en la India (y por qué no decirlo, en cualquier lugar), sentirse vulnerable, con el temor de ser víctima de cualquier agresión. Nunca vemos nada de eso en la película, pero la tensión constante y la insistencia de los hombres del vehículo por llevarlos -pese a que en el camino ya habían pasado la estación-, logran generar en el espectador una angustia similar a la que siente Durga.

Apenas unos días antes de su estreno en Netflix, se exhibió Okja, la última película de Bong Joon-ho. Mija es una niña coreana que cuida a Okja, un súper cerdo desarrollado por la empresa Mirando, dirigida por Nancy Mirando. Okja es ganador del premio al mejor súper cerdo y es llevado a los laboratorios de Mirando para comenzar con la comercialización de la carne del animal. Mija logra llegar a la sede de Mirando en Seúl para rescatarlo, pero es engañada por una organización de liberación animal liderada por Jay, que busca usar a Okja para desmantelar la red de explotación animal de Mirando. La película recuerda a las animaciones del Estudio Ghibli, pero sin la fantasía ni las fábulas. En Okja los conflictos son explícitos: la industria agresiva de la carne, la manipulación de los medios de comunicación y la pobreza versus la riqueza. Fuera de las polémicas, fue un privilegio ver la película en el cine y no en Netflix.

Otro estreno en Reino Unido, apenas una semana antes de su estreno en salas, fue Song to Song de Terrence Malick. La película es la historia de amor entre una cantante, Faye, y BV, un compositor de música, socio del productor Cook, el que luego se casará con una mesera, Rhonda. Si bien la trama es sencilla, la narración y el montaje la complican mediante saltos temporales, provocando un desorden que confunde, principalmente por la repetición de sucesos muy similares entre sí. Pero a la vez esta confusión es propia de la subjetividad de Faye: es ella quien cuenta su historia de amor y desamor, de no entenderse a sí misma, de autoflagelación emocional con tintes depresivos. Ante esto, la actuación de Rooney Mara como Faye es tremenda, ya que logra reflejar estos sentimientos en la pantalla y generar empatía; la logramos comprender y nos conmueve. Por otro lado, el personaje de Natalie Portman (Rhonda) transita desde la ambición y el poder hasta la desolación y la desesperación. La película reflexiona sobre el amor en todos sus aspectos, y aunque en ese sentido es mucho más sencilla que otros filmes de Malick, por ejemplo, El árbol de la vida (2011), se percibe como más real y con menos artificios. Junto con Sexy Durga fue por lejos lo mejor que vi en el festival.

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Lo más esperado del festival era, sin duda, la premier mundial de England is Mine, biopic sobre Steven Patrick Morrissey, cantante de la banda The Smiths. Se trata del primer largometraje de Mark Gill, quien tomó notoriedad en 2013 al ser nominado al Oscar y a los BAFTA por mejor cortometraje con The Voorman Problem (2011). La película se sitúa en los años setenta, años previos a que Morrissey tomara notoriedad, pero que son claves para entender su personalidad y sus letras. Tomando como base la idea de que Morrissey representa la decepción de los jóvenes de clase media en una Inglaterra en crisis, England is Mine utiliza el humor negro para retratar la lógica capitalista de buscar un trabajo para ganar dinero y hacer familia, frente a la cual al personaje le cuesta mucho adaptarse. Más que un biopic sobre un músico, la película es la historia de un tímido e inseguro escritor fanático de Oscar Wilde, incapaz de integrarse a su entorno. El personaje de Christine, una nueva colega en la oficina en que trabaja Morrissey, le permite reflejar con mucho humor todo lo que él no quiere en la vida. Ella sólo quiere pasarlo bien, como supuestamente lo hace cualquier joven, mientras que él se aísla en su pieza o en locales under, desarrollando sus obsesiones, hundido por momentos en la depresión. England is Mine juega con la expectativa, siempre estamos atentos a cuándo viene el salto final: queremos saber cuándo Morrissey abandonará su pieza y comenzará su carrera musical. Sin embargo, eso no aparece en el film. El guitarrista Johnny Marr aparece para cerrar esta historia, casi advirtiendo que “lo bueno viene después de la película”.

El EIFF vive de su historia, pero está lejos de la importancia que tuvo en décadas pasadas. A pesar de eso resulta interesante experimentar como todo Edimburgo se vuelca en torno al festival, con exhibiciones al aire libre, salas en toda la ciudad, y una importante presencia del público local. El largo proceso de generar audiencias en una ciudad relativamente pequeña (no más de 400 mil habitantes) tiene en la tradición, como la de este festival, la respuesta que permite hoy por hoy tener prácticamente agotadas todas sus funciones, pese al alto costo del ticket y de las acreditaciones.