Cold War (2): Amores longitudinales

Inspirado en la experiencia de su padre y madre, Pawel Pawlikowski retrata en Cold War la relación amorosa, unida por la música, entre Wiktor (Tomasz Kot) y Zula (Joanna Kulig), a lo largo de quince años. Luego de que Zula fuese elegida por Wiktor para integrar una banda de canto y baile polaco tradicional, ambos comenzarán una relación afectiva en un agitado ambiente donde los vínculos entre arte y política son profundamente debatidos.

Cold War se estructura en base a una serie de episodios narrados cronológicamente, comenzando en Polonia en 1949 y terminando en el mismo país en 1964. Mediante una serie de elipsis que recorren distintas ciudades europeas, los personajes interactúan a través de intermitentes encuentros y desencuentros que incluyen infidelidades, matrimonios por conveniencia y agresiones físicas, todo retratado bajo una sutil fotografía en blanco y negro.

Pese a lo sugerido por su título, más que un filme sobre la resistencia del amor y el arte en tiempos de guerra, Cold War es una propuesta sobre relaciones fragmentadas por el paso del tiempo y las distancias físicas. Así, lentamente el trasfondo comunista y la tensión política escenificada a comienzos del filme comienza a disolverse, pasando a centrarse en la toma de decisiones de los protagonistas, muchas veces basadas en meros caprichos, celos abruptos o inquietudes artísticas tratadas superficialmente.

No cabe duda que el largometraje también replica las formas de la guerra fría dentro de la relación de Wiktor y Zula: enfrentamientos indirectos, interrupciones constantes y actos que muchas veces esconden sus verdaderas intenciones. El problema es que esta relación amorosa abordada longitudinalmente durante más de una década no ofrece aspectos novedosos, cayendo constantemente en diálogos cliché o en eventos que rayan en lo predecible como la liberación de Wiktor hacia el final del filme.

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Una de las aristas que podrían resultar interesantes del filme lo constituye el juego de idiomas que opera a medida que los personajes se desplazan por distintos países de Europa. Progresivamente el piano de Wiktor y la voz de Zula comienzan a cambiar de audiencias, interactuando con públicos que dialogan en polaco, ruso, francés e, incluso, italiano. A pesar de esto, el esfuerzo por dotar de dramatismos al filme impide que estas formas de expresión puedan profundizarse, pasando a ser meros elementos anecdóticos dentro de la película.

Lejos de la angustia y las inquietudes existenciales que Vanja Milena destacó sobre Ida (2013) hace unos años atrás, la nueva propuesta de Pawlikowski se encuentra repleta de lugares comunes que, por el hecho de estar filmada en blanco y negro y recurrir a constantes paneos, se suele asociar a cierta categoría etiquetada como “película de culto”. En este sentido, no resulta menor que hacia el final de Cold War se intente impregnar una atmósfera de mayor densidad bajo una improvisada ceremonia en que los protagonistas se casan en una iglesia en ruinas. La imagen termina resultando de una consistencia meramente decorativa, sin ninguna correspondencia con lo observado a lo largo del largometraje.

Que este filme constituya un trozo de guerra fría, o simplemente un producto pensado para la lógica de la guerra de los Oscar, es algo que cada espectador deberá juzgar en un par de semanas más.

 

Nota del comentarista: 4/10

Título original: Zimna Wojna. Dirección: Pawel Pawlikowski. Guión: Pawel Pawlikowski, Janusz Glowacki. Fotografía: Lukasz Zal. Reparto: Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc, Cédric Kahn, Jeanne Balibar, Adam Woronowicz, Adam Ferency, Adam Szyszkowski. País: Polonia. Año: 2018. Duración: 88 min.