Vivir allí (1): Arte, filosofía y un muy buen trip

En el momento en que el cine suelta la cuerda del argumento que lo hace estable, del personaje que lo acerca al humano, de la historia, de una voz, de diálogos, no le queda más que valerse por sus propios medios. Vivir allí es una obra que se sostiene remitiéndose de manera estricta a la artesanía cinematográfica. Al ser una película que exprime la materialidad de la que dispone las dimensiones juegan un rol importante, es una película que debe verse en pantalla grande.

Vivir allí es sin duda una película difícil de describir y categorizar. Muy única. Sumamente estricta, pero a su vez sumamente libre. Un punto medio entre el cine experimental y el documental de observación, quizás un portal entre uno y otro. Si bien se limita a trabajar con los recursos más esenciales del cine, logra a su vez permitirle al ojo ver de una manera en que orgánicamente no puede hacerlo. Le da tiempo y lo desconcierta. A partir del arte del corte y el fundido entre planos como recurso expresivo, y un diseño sonoro que se ensambla a la imagen, logra un resultado formal que constituye, quizás, una evidencia del borde fronterizo y difuminado que existe entre poesía y cine. Eso por una parte.

Hay en ella, además, una relación (no he averiguado cuán consciente aún) con el arte pictórico. Ahondar en ese terreno y cómo esta película puede ligarse a postulados filosóficos y políticos desarrollados a partir del estudio del paisaje en la pintura, a través de exponentes como J.M.W Turner, Caspar David Friedrich, John Constable y, en Chile, Alberto Valenzuela Llanos, es quizás un buen detonante para un análisis más específico. “El paisaje no es naturaleza, es cultura proyectada en las montañas, en los océanos, en los bosques, en los volcanes y en los desiertos”, señala Remo Bodei en su ensayo Paisajes sublimes: El hombre ante la naturaleza salvaje.

Volviendo a la pantalla. O casi. Y hablando ya no solo de poesía, sino de poema, específicamente el que da el título original a la película, escrito por la misma directora: 

Vivir allí no es el infierno

es el fuego del desierto

la plenitud de la vida

que quedó allí

cómo un árbol.

(Y que por decisiones comunicacionales probablemente les sugirieron reducir a “Vivir allí”), constituye no solo un título, sino una toma de posición respecto de la palabra en la pantalla, proponiéndola, por un lado, como un tronco semántico, poético, capaz de sostener un despliegue arbóreo de planos. La palabra ancla, pero el poema no sólo ancla si no que rompe. Esconde el significado. Y cuando el habla humana aparece se incrusta como un accidente más en la inmensidad de una naturaleza sobrecogedora.

“Pero, ¿cuándo y por qué motivos se produjo el vuelco en los gustos que convirtió los lugares hórridos en lugares “sublimes”, dotados de una belleza intensa, ambigua e inquietante, que al mismo tiempo atrae y aleja, que seduce y repele, que exalta e infunde respeto con su tremenda majestad? Semejante cambio presupone una radical transformación en los modos de sentir y de imaginar, hasta tal punto que no afectan solamente la estética”.*

Vivir allí es una experiencia y un trabajo cinematográfico que puede constituir un precedente para la exploración de nuevas posibilidades del cine en tiempos de revolución y sobresaturación de consignas. No cae en la tentación de ningún tópico político bienpensante como comodín para intentar una jugada astuta para posicionarse: ni cine indígena, ni medioambientalista, ni romantización paternalista de lo rural. Es filosófica al hueso y quizás en ese arrojo y el riesgo de asumir un lugar difícil de categorizar, subyace su radicalidad.

Hay un plano que conecta con esta célebre cita del célebre señor Kant: “El cielo estrellado sobre mí, la ley moral sobre mí.

En el momento en que el cine suelta la cuerda del argumento que lo hace estable, del personaje que lo acerca al humano, de la historia, de una voz, de diálogos, no le queda más que valerse por sus propios medios. Vivir allí es una obra que se sostiene remitiéndose de manera estricta a la artesanía cinematográfica. Al ser una película que exprime la materialidad de la que dispone las dimensiones juegan un rol importante, es una película que debe verse en pantalla grande.

Cuando aparece una cosa, no ha desaparecido la otra. El ser humano en la naturaleza, encogido, minimizado ante ella. Criar cabras, hacer cine. Un hombre sumergido en el follaje de los árboles y en el cielo anochecido al mismo tiempo. Minuto 38, el agua. Corrientes que corren de derecha a izquierda. La emoción del caudal en medio del desierto.

El aluvión ha hecho un corte sagital a la tierra dejando expuesta la estratigrafía del suelo y las raíces del árbol tan grandes como el mismo. Otro efecto de verticalidad se produce a través de una especie de “plano general cerrado”, encuadrado entre la inmensidad de los cerros, que produce un efecto de bidemensionalidad, gracias al recorrido de una pequeña figura humana, que pareciera caminar en una superficie plana y vertical. El cine es, en términos de soporte, y en este aspecto se hermana con la pintura, básicamente bidimensional. 

Javiera Véliz logra momentos extáticos, de soberbia poética. Un diálogo frontal, cara a cara, entre naturaleza y artista, pero que sabe retroceder y volver a tomar un lugar modesto. Una película delicada, hecha con amor y con respeto al desierto de Atacama y a su escasos habitantes, humanos y animales. Nos comparte hacia el final la belleza del desierto florido; verde, amarillo y lila. Es posible sentir la brisa, oler las flores.

Un muy buen trip.

 

Título original: Vivir allí no es el infierno, es el fuego del desierto. La plenitud de la vida que quedó ahí como un árbol. Dirección: Javiera Véliz Fajardo. Guion: Javiera Véliz. Producción: Bárbara Pestan. Compañía productora: Productora Pocilga. Fotografía: Javiera Véliz. Montaje: Bárbara Pestan, Javiera Véliz. Sonido: Cristián Freund. Música: Francisco San Román. País: Chile. Año: 2018. Duración: 58 min.

*Las citas provienen de: Paisajes sublimes: el hombre ante la naturaleza salvaje, de Remo Bodei. Editorial Siruela, 2011, p.24 y 23, respectivamente.