Dunkerque (1): Notas sobre el escape

La última película de Christopher Nolan es un nuevo intento de expandir los horizontes visuales y de género que el director británico había explorado hasta ese momento, explorando en esta ocasión el cine de guerra. Un género difícil, que siempre peligra a la hora de discutir sus alcances morales o de representatividad, ¿qué es lo que se busca al hacer cine sobre guerra? Ya François Truffaut  abría la discusión cuando decía que el cine pacifista no existe, lo cual fue ampliado por Spielberg muchos años después al decir que no hay película de guerra que no sea pro-guerra. Por lo tanto, alejémonos de esos meandros donde nos podríamos quedar atrapados, y dejemos claro acá que, personalmente, no soy una persona que disfrute ese tipo de cine. Ahora, dentro de eso, tenemos una serie de excepciones, entre ellas las más clásicas y sorprendentes películas del género, dentro de cuyo grupo selecto ahora se une esta cinta, pero, ¿por qué?

Christopher Nolan realiza una película ambiciosa, donde quiere representar el escape de la batalla Dunquerque sucedida en Francia entre el 26 de Mayo y el 4 de Junio de 1940, donde más de 300.000 soldados británicos fueron evacuados de la costa del pueblo francés de Dunquerque luego de una derrota catastrófica ante los alemanes. Nolan divide su abordaje en tres espacio-tiempos diferentes los cuales son montados de forma paralela: la costa de Dunquerque (cuyos eventos duran una semana), el océano (durante un día) y el aire (una hora). Se trata, sin duda, de uno de los experimentos de montaje y puesta en escena más experimentales que se ha visto en el cine de grandes audiencias en mucho tiempo. Aunque Nolan se toma un tiempo en introducir cada uno de los espacios y sus diversos protagonistas, el montaje entre uno y otro produce una sensación de que está cubriendo toda arista posible, pero al mismo tiempo no se trata de una película totalizante o que busque entregar una experiencia completa sobre lo que fue la guerra en ese momento, sino que busca comunicar una idea: la guerra es una pelea cuesta arriba no entre dos bandos, sino de cada uno con la pérdida de humanidad que provoca su mera existencia.

Porque lo que ocurrió en Dunquerque fue una retirada masiva de las fuerzas británicas en un punto de la Segunda Guerra Mundial cuando Estados Unidos aún no entraba y Rusia todavía se encontraba entrampada en el pacto de no agresión con Alemania, un escenario en el cual la amenaza de Hitler contra Europa era real y la guerra podría haber inclinado su balanza hacia cualquier lado. La operación de fuga de Francia es, en esencia, una batalla perdida, o lo que podría llamarse un “triunfo moral”, pero la película constantemente demuestra que no hay nada de moral en la guerra, ya que cada uno de los soldados británicos y franceses (nunca se ve un soldado alemán) hace lo posible por sobrevivir, dispuestos a todo, a traicionarse, a sentirse sucios, a pasar uno encima del otro, a demostrar “cobardía” (en términos militares) cuando el deber de proteger tu nación debería ser lo más importante. La película de Nolan no es una glorificación de un triunfo, porque tal no existe, pero tampoco es una que condene a los soldados por su actitud, sino que mas bien los entiende como lo que son: humanos entregados a la peor de las circunstancias.

Hace sentido, entonces, en las semanas previas al estreno mundial de la cinta, que Nolan hubiera listado películas y directores que lo inspiraron tanto visual como temáticamente, y que el director Robert Bresson haya sido mencionado. No quiero pretender que Nolan sea el sucesor de uno de los mejores grandes directores franceses de la historia del cine, pero cada uno de los espacios representados aplica o viene a dar una idea del cine de Bresson, como si Nolan hubiera hecho la película pensando en una disertación sobre cómo el legado del maestro aún se mantiene vivo.

Por ejemplo, en el segmento que es en la orilla de Dunquerque, donde vemos a millares de soldados esperando, haciendo fila, detenidos, escondiéndose cuando vienen las bombas, anónimos… acá hace sentido la búsqueda de actores mayormente desconocidos en los papeles de soldados, algo similar al proceso de búsqueda o casting de Bresson, donde no ocupaba estrellas, sino personas de la calle, generalmente relacionadas de forma cercana con el papel que iban a interpretar. Acá, claramente no pudo conseguir soldados de la segunda guerra mundial, pero todos los soldados son rostros mayormente desconocidos en el ámbito del cine (la única excepción es Harry Styles, ex miembro de la banda juvenil One Direction, pero que obtuvo el papel sin que Nolan supiera quién era, este es su debut cinematográfico), los cuales siguen una visión simplista de lo que es la actuación, y dado el contexto, generalmente sólo reaccionan a las cosas que suceden (se alejan cuando viene un avión, se acercan cuando llega un barco, se protegen cuando son atacados), tal como lo hacen los “modelos” de Bresson, lo cual vuelve creíbles y cercanos a personajes que se mantienen anónimos buena parte de la cinta, porque deben confundirse, porque debe ser uno más imbuido en la crisis.

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Alejándose completamente de esa sensación de anonimia y de posible distancia, nos vamos a otro aspecto bressoniano que queda manifiesto en las escenas que transcurren en el océano. Un padre parte en una pequeña embarcación desde la costa de Londres hacia Dunquerque acompañado por su hijo y un humilde chico del pueblo que les ayuda con las tareas marítimas. Todo esto forma parte de un llamado general hecho por el ejército y el gobierno británico en el que está tomando posesión de toda embarcación posible para ir a la búsqueda de soldados que aún no han podido salir de la orilla francesa. El padre, interpretado por el reciente ganador del Oscar Mark Rylance, entrega una actuación ya más cercana y que se condice con una piedad casi cristiana, homologable a la que Bresson parecía sentir o con la que quería imbuir a sus personajes, ya que el viejo marinero viaja a salvar a cuantos puede no por una convicción necesariamente patriótica (aunque hay algo de eso), sino sentimental y pasional: su hijo mayor murió en las primeras semanas de la guerra, y busca que nadie más tenga el mismo destino. Tal como tantos otros personajes bressonianos, desde los animales hasta Mouchette, Rylance se ve enfrentado ante todas las señales que le indican que lo que hace no tiene sentido, que la maldad y la muerte es lo que les rodea, pero estoicamente avanza, fiel a sus convicciones, pese al riesgo, pese a que un hombre llorando le dice que no se acerque a Dunquerque, que ahí no hay nada más.

Y finalmente tenemos la secuencia en el aire, donde tres pilotos de aviones (uno de ellos interpretado por Tom Hardy) realizan una maniobra sencilla de una hora de defensa para los que se encuentran estacionados en Dunquerque y constantemente bajo el ataque de bombarderos alemanes. Acá Nolan realiza un homenaje a Bresson a través de una construcción de planos, montaje y dirección homologable a la de sus películas más tardías, donde el movimiento milimétrico de manos, pies, cabezas y objetos da cuenta de acciones precisas cargadas de sentido. Acá nos quedamos dentro de la pequeña cabina del avión de Tom Hardy por buena parte del metraje, sintiendo cómo cada segundo cuenta, cómo va anotando con un trozo de tiza la cantidad de combustible que le va quedando mientras realiza cada desvío que lo aleja de su objetivo principal, con una atención a los dedos, las manos, la fuerza con que cierra o abre sus ojos ante los objetivos enemigos. Le da suspenso, le entrega una sensación de inmediatez, la cual traspasa a los otros espacios a través del montaje, los cuales tienen más tiempo (no diegético) para desarrollar sus acciones.

No quiero pensar que con esta Nolan ha hecho su obra maestra, sobre todo porque ya son varios los que dicen eso cada vez que lanza su nueva película. Ya es costumbre que sus cintas dividan las aguas, que los fanáticos le compren todo y que los críticos busquen formas de decir que en realidad nunca fue bueno. Pero acá, tomando a Bresson de la mano, no busca superarlo ni menos compararse con él, sino que tal vez realizar uno de los mejores ejercicios analíticos sobre el lenguaje del cine, como si tuviera que gastar millones y millones de dólares para hacer un resumen de lo que aprendió después de ver unas cuantas películas. Y, a decir verdad, esa valentía visual es encomiable.

 

Nota comentarista: 8.5/10

Título original: Dunkirk. Director: Christopher Nolan. Guión: Christopher Nolan. Producción: Christopher Nolan y Emma Thomas. Fotografía: Hoyte Van Hoytema. Música: Hans Zimmer. Reparto: Tom Hardy, Mark Rylance, Kenneth Branagh, Jack Lowden, Aneurin Barnard, Fionn Whitehead, Cillian Murphy, James D’Arcy, Harry Styles, Barry Keoghan, Tom Glynn-Carney, Michael Caine.  Año: 2017. Países: Estados Unidos, Reino Unido, Francia. Duración: 106 minutos.