Viene de noche: Vacía oscuridad

Durante los últimos años ha surgido un muy interesante movimiento de cine de terror independiente que se basa en conceptos simples, de bajo presupuesto y que contiene un mayor control por parte del realizador. Este ha desembocado en cintas con una calidad superior respecto a los productos realizados por los estudios, que buscan una idea más mainstream acerca de qué o cómo se puede, casi matemáticamente, provocar terror y sustos adecuados en la audiencia. Cuando pensamos en ese cine independiente surgen nombres extraordinarios como The Babadook, Cabin in the Woods o It Follows, que se cuentan dentro de lo mejor que el género ha podido ofrecer en esta presente década. De las películas del otro lado, mejor ni pensar, ¿no es cierto? Pero olvidamos que estas generalizaciones, como la que acabo de hacer, nos pueden disparar en el pie, como es el caso de películas como las dos The Conjuring de James Wan, las cuales son piezas de terror entretenidas realizadas dentro del sistema de estudios y que funcionan como engranajes bien aceitados dentro de un motor que resiste los embates del tiempo. O el caso de las Paranormal Activity, que son películas independientes y que nacen como un proyecto personal del realizador, pero que con el tiempo ha devenido en muestra de los peores tics de la reiteración y el aburrimiento.

¿A qué viene toda esta seudo-teoría unitaria sobre el cine de terror de la presente década? Puede ser la sensación de que hay pocas películas de género que realmente valgan la pena, tanto en cartelera como no, así como en comparación con las décadas precedentes. Estamos desesperados por encontrar algo, lo que sea, tomar un título, levantarlo en andas y llamarlo lo mejor que ha pasado últimamente, tener las ganas de llamar a una película un nuevo clásico sólo porque hace algo que el resto de las cintas de terror no hacen. Esa es la desesperación que ha llevado a críticos y audiencias de todo el mundo a decir que Viene de noche es la película de terror de 2017, lo cual es uno de los errores más graves que pueda llegar a cometer esto que nos gusta llamar “el consenso”. La cinta es un ejercicio de terror absolutamente vacío, aparentando gran profundidad con su claramente atrayente y bien realizada propuesta estética, pero que sólo viene a esconder la ausencia completa de temas, ideas o de pensamiento alguno respecto a algo… lo que sea, salvo una crueldad absoluta hacia los personajes y la audiencia.

La película parte con una muerte, no iba a ser así, del abuelo de una familia. La familia está encerrada en una casa y el abuelo es llevado en una carretilla, moribundo y lleno de pústulas enfermizas, para luego ser disparado en la cabeza por el patriarca. Luego quema el cadáver bajo la atenta mirada de su hijo, que en shock trata de entrar en conocimiento de todo lo que ha pasado, mientras ambos respiran a través de máscaras anti-gas. Se trata de un futuro cercano, donde una enfermedad parece haber arrasado con la humanidad, la que parece contagiarse a través del contacto o la respiración de lo que supuran estas pústulas. Pero no se preocupen por entender de qué se trata la enfermedad o por qué la gente es tan rápida para matar y deshacerse de los cadáveres, más allá de la infección misma, ya que la película no decide explicarlo. Ahora, yo no abogo por una película que me lleve de la mano explicando de dónde viene cada cosa, sobre todo con el antecedente de las películas de zombies de George Romero, que nunca explicaron el origen de la plaga de los no muertos, sin embargo en tal caso se trataba de una enfermedad que decía algo sobre la sociedad en la que estábamos inmersos. En cambio la enfermedad de Viene de noche es sólo una enfermedad, algo asqueroso que busca provocar la repulsión del espectador, pero cuyas características no son importantes más allá de lo que producen en los personajes: un efecto de aislamiento del resto.

La película visualmente es muy interesante, utiliza una dirección de fotografía rica en contrastes y que, pese a ser digital, ocupa de manera muy inteligente la oscuridad sin producir grano alguno. La oscuridad juega un papel importante, ya que la casa donde se halla la familia está completamente bloqueada por todos lados y los personajes se mueven por los pasillos usando linternas led que funcionan bastante bien. Estas forman un halo alrededor de los cuerpos, logrando que el resto del cuadro quede en un vacío absoluto, espacio negativo que provoca la visión de planos dentro de los planos, ocupando los halos lumínicos como bordes.

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En Viene de noche se formula una idea visual muy buena, que tal vez sea lo que la salva de ser la peor del año: la única puerta que da al exterior está pintada de rojo, y cuando la cámara o los personajes se acercan a ella esta parece brillar de forma blanca dentro del resplandor rojizo que la rodea. Bonito, por decir algo. Pero todo lo demás es absolutamente descartable. Por poner un ejemplo, el padre de familia es blanco, aunque tanto la madre como el hijo son afroamericanos, lo cual podría indicar que el factor racial juega algo en la trama o que supondrá algún comentario político-social, como se pudo ver en Get Out, estrenada hace unos meses (y que propongo como la verdadera película de terror imprescindible del año). Pero no, es un detalle que no aporta en nada. ¿Por qué no todos son negros entonces? ¿En qué aporta una familia interracial? ¿Es sólo por el gusto, la diversidad, o algo así? Me gustaría pensar en lo último, sin embargo en un par de escenas hay unas fotos familiares en las que el juego de la luz hace que eso resalte muchísimo. ¿Qué nos quieren decir? No sabemos. La película no da luces de entender ni el casting elegido.

La trama da un giro en el primer tercio cuando alguien trata de entrar a la casa, un hombre que buscaba agua y que también tiene su familia (una esposa y un hijo pequeño). Tras los violentos roces iniciales, deciden que ambas familias vivan juntas en la misma casa, produciéndose claras desconfianzas entre ellos y la sospecha de mentiras y ocultamientos. Sin embargo, la película no aprovecha al máximo todo lo que esas interacciones pueden otorgar, haciendo que la paranoia y sobreprotección del padre de familia sólo evolucionen en un sentimiento aún más álgido de lo mismo. No hay movimiento, no hay verdadera evolución. Lo que nosotros suponemos que ocurrirá en un principio -cuando sucede esa extraña unión de las dos familias-, ocurre, y de la manera más cruel posible, con disparos, sangre, gritos y miradas intensas de aquellas que quieren decir algo, pero que sólo vienen a esconder que no hay nada que decir, no hay nada que descubrir, no hay nada que averiguar.

El hombre de familia protegerá a su esposa y a su hijo por sobre todo, por sobre toda moral y sobre toda consciencia de lo que es la vida humana. Eso me quedó claro en el primer minuto, cuando mató al abuelo de su hijo. ¿Cuál es la diferencia con los 85 minutos que siguen? Ninguna, es sólo una fiesta de la miseria, donde el director se revuelca en la crueldad amoral con la que hace que sus personajes se muevan. No hay mensaje, no hay política, no hay lección. Hay escenas que provocan extrañeza, como filmar a un perro blanco correr en medio de la noche en un bosque, al mismo tiempo que resulta aburrido y no provoca nada de miedo. Sólo hay un guión donde la gente se mueve en un espacio a oscuras, habla una con la otra; también hay unas secuencias de sueño que hacen dudar de la claridad del punto de vista de la cinta, es decir, desde quién está contada y a través de qué ojos vemos. El resultado se queda en un montón de preguntas sin resolver, pero que no provocan intentar teorías respecto a qué es lo que pasó, cómo pasó o qué podría significar. Simplemente no se entiende por qué existe ese misterio, ni la falta de preocupación por la lógica interna del relato.

Nota comentarista: 3/10

Título original: It Comes at Night. Dirección: Trey Edward Shults. Guión: Trey Edward Shults. Fotografía: Drew Daniels. Reparto: Joel Edgerton, Riley Keough, Christopher Abbott, Carmen Ejogo, Kelvin Harrison Jr., Griffin Robert Faulkner. País: Estados Unidos. Año: 2017. Duración: 97 min.