Blade Runner 2049 (3): Las preguntas que se hacen los extraviados al despertar

Desde que se estrenó Blade Runner 2049 -el nuevo trabajo de Denis Villeneuve-, los años 1982 y 2016 son dos fechas que han aparecido recurrentemente en las críticas que intentan explorar esta obra tan personal y de autor, en tanto que secuela de una de las películas más populares que dejó el fin del siglo XX.

1982, por Blade Runner de Ridley Scott, la original, la adaptación de la novela de Phillip K. Dick, la con Harrison Ford interpretando a un joven Rick Deckard, la del monólogo de Rutger Hauer en la azotea bajo la lluvia. Ya saben, la que popularizó y validó para el gran público las cuestiones existencialistas en un largometraje de ciencia ficción. La que se preguntó si los androides sueñan con ovejas eléctricas. Y 2016, por Arrival, el anterior acercamiento del director canadiense al género, esa historia sobre la empatía protagonizada por Amy Adams, en la que el lenguaje y la comunicación aparecen a la vez como barrera, respuesta y metáfora.

El problema es que observar este nuevo título sólo bajo la lupa de esos dos filmes mencionados es caer en el reduccionismo en el que se ha estancado parte de la crítica cinematográfica, la que cada vez se asemeja más a una opinión informada determinada por la tiranía de las estrellitas que a un análisis bien argumentando que trata de expandir y comprender la película. Y, cómo no, la nueva víctima de aquello ha sido esta obra cinematográfica de gran presupuesto, a la que han calificado de pretenciosa, solemne y excesivamente autoconsciente. ¿Es así?

La historia de Blade Runner 2049 es sencilla mas no simplona: 30 años después de los eventos de la cinta original, nos encontramos con K (Ryan Gosling), un replicante de nueva generación, más joven y obediente, al que le ordenan acabar con los anteriores, más independientes y vividos. Y en lo que debía ser una exitosa misión más, se encuentra con un descubrimiento que pone en jaque todo lo que daba por hecho, despertando una parte que ni él mismo sabía que tenía: consciencia y voluntad. ¿Siguiente destino? Dar con el paradero del desaparecido Rick Deckard y revelar el misterio que éste esconde, viaje que K emprende junto a su única compañera, una inteligencia artificial holográfica llamada Joi (Ana de Armas), a la que no puede tocar pero que representa su único vínculo emocional.

Una puesta en escena calculada al milímetro, un montaje que no malgasta corte alguno y una cámara hipnóticamente fría, distante y siempre con el plano correcto, son los ingredientes con los que Villeneuve va cocinando a fuego lento las cuestiones que lo intrigan: personajes aislados cuyo monótono día a día es interrumpido por un hecho que les revela que su identidad está fragmentada, lo que inicia una búsqueda de sentido en medio de lo incierto de la existencia.

Si bien pueden parecer reflexiones grandilocuentes y propias de libro de autoayuda, la profundidad y sensibilidad con las que el cineasta ocupa el lenguaje del medio para explorar estas obsesiones, deslumbra o -al menos- sorprende. Sólo basta repasar su filmografía y detenernos en el 2009 para encontrarnos con Polytechnique y sus jóvenes protagonistas acorraladas y castigadas por ser quienes son; o ver al año siguiente Incendies y acompañar a Jeanne en su viaje por encontrar a su hermano en el Libano. Incluso podemos detenernos en los duplicados Adam y Anthony de la enigmática y polémica Enemy, en donde encontrar y entender la parte faltante de la identidad es una figura lírica y dominante de la trama.

Y es este despertar, no ajeno al dolor, el que emprendemos junto a K mientras se interna por campos grises y secos, urbes sintéticas bajo incesante lluvia, desiertos perdidos en el olvido y parajes en los que el blanco de la nieve no permite ver más allá. Ambientes llenos de personalidad y carácter que vienen a representar extensiones del mundo interno de un Gosling, cuyo limitado rango expresivo juega a favor a la hora de darle una dimensión robótica y melancólica a su interpretación, relegando el dramatismo emocional al escenario, la iluminación y al framing (encuadre); es decir, al cine.

bladeru3

Una pregunta que vale la pena hacerse llegados a este punto -y que la crítica tradicional sí se hizo (aunque de manera algo cínica)-, es si estamos en presencia de un autor reiterativo e incapaz de abandonar su zona de confort. ¿Es una obstinación pretenciosa o una maduración reflexiva? ¿Nos están viendo la cara o los árboles no nos dejan apreciar el bosque? Y, como casi siempre en cuestiones cinéfilas, la respuesta está en la gran pantalla.

Las historias universales, los grandes relatos que remecen el alma y que merecen ser narrados, son pocos y ya fueron contados. La gracia, el encanto, la obligación del director si se quiere, está en encontrar la forma de convertir el relato arquetípico en uno tan personal, particular y detallado, que se nos vuelva nuevo y necesario. Y eso lo que intenta hacer Villeneuve.

Primero, nos envuelve en el estado emocional de sus personajes, a quienes solemos encontrar huérfanos de rumbo, extraviados en un ambiente opresivo, individualista y carente de empatía, pero también sufriendo una dolorosa paradoja: incapaces de hacer contacto con un otro pese a estar desesperados por conseguirlo. Incluso nos esconden secretos a nosotros, que vamos tras sus huellas persiguiendo sus espaldas.  

Luego, como un artesano que domina su oficio, dispone las piezas para que las historias de estas ofuscadas almas fluyan de forma natural, como si estuviera ocurriendo por primera vez delante de nosotros. Y aquí entran los planos escrutadores que revelan la gran humanidad de los personajes, exponiéndolos tanto en su vulnerabilidad como vigor, para que terminen enfrentando sus conflictos inevitables: ya sea un padre incómodo en su rutina al que violentamente le arrebatan lo único que le importa, dando rienda suelta a su bestialismo interno para recuperarla (Prisoners); una lingüista incapaz de generar lazos y obligada a ponerse en contacto con seres que no comprende (Arrival); o un replicante que decide dejar de obedecer para empezar a vivir, ganando identidad pero resquebrajando su mundo (Blade Runner 2049).

Quizás todas estas palabras no son más que lágrimas en la lluvia. Y -quizás- sí, las reflexiones en torno al cine se pierdan en el tiempo. Pero, mientras las películas no nos abandonen luego de que se prendan las luces de la sala, siempre habrá algo nuevo por descubrir y una historia por filmar.

Nota comentarista: 7/10

Título original: Blade Runner 2049. Dirección: Denis Villeneuve. Guión: Hampton Fancher, Michael Green. Fotografía: Roger Deakins. Música: Hans Zimmer. Reparto: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks, Robin Wright, Mackenzie Davis, Carla Juri, Lennie James, Dave Bautista. Duración: 163 min.