Star Wars. Los últimos Jedi (1): La mentira de los Jedi

“Es verdad. La fuerza, los Jedi, todo eso. Es todo verdad”, dice Han Solo (Harrison Ford) en Star Wars: El despertar de la fuerza (2015) durante una de las escenas que le puso los pelos de punta a todos en la galaxia. Pura nostalgia, esperanza y reverencia. Como si el bribón intergaláctico más que hablando con Rey (Daisy Ridley) y Finn (John Boyega) estuviera recordándole a los adultos por qué se enamoraron de esta franquicia y explicándole a los hijos de los fans por qué sus papás les dicen “que la fuerza los acompañe” cuando los dejan en colegio. Pero eso era el 2015 con el Episodio VII de J.J. Abrams, quien tenía la misión de hacer olvidar a Jar Jar Binks, los midiclorianos y la bochornosa fanfarria digital de un descontrolado George Lucas en sus precuelas. Hoy estamos en 2017, con Los últimos Jedi de Rian Johnson, y si bien esta nueva entrega mantiene su metalenguaje con el público, sus ambiciones llevan a la saga a nuevos territorios.

En este Episodio VIII de la ópera intergaláctica asistimos a un concierto de dos piezas: por una parte tenemos a la mencionada Rey, quien intenta hacer que un ajado Luke Skywalker (Mark Hamill) le dé un entrenamiento apropiado como Jedi y le cuente qué pasó la noche fatídica en que Ben Solo se convirtió en Kylo Ren (Adam Driver), traicionando a su maestro y convirtiéndose en el nuevo enemigo. Este trío, vinculado a la corriente más espiritual de la saga, es el encargado de irrigar de conflictos filosóficos y psicológicos, simples pero efectivos, a los más de 150 minutos de metraje.

Por otra, tenemos como los estandartes del entramado político-militar al ya nombrado Finn intentando convertirse en el héroe de los Rebeldes, a la general Leia (Carrie Fisher) tomando las decisiones difíciles contra la Primera Orden y a Poe Dameron (Oscar Isaacs) buscando su lugar de líder natural en medio del caos. Por ahí también aparecen rostros nuevos como Rose Tico (Kelly Marie Tran), Amilyn Holdo (Laura Dern) y un extenso grupo de secundarios que tendrán su segundo de fama, cuya capacidad de permanecer en nuestras cabezas es directamente proporcional al nivel de fanatismo que profesemos con este universo.

A partir de esos dos grandes arcos narrativos, Johnson genera una especie de dialéctica tanto con los episodios anteriores como con el público, haciéndose cargo de gran parte de las críticas y expectativas que recaen en esta nueva trilogía. Donde Abrams le puso fichas a la nobleza, el director de Looper (2012) y Brick (2005) apostó por el humor autoconsciente; donde hubo una sincera aventura a lo “Indiana Jones”, acá hay una ecléctica alquimia cinéfila de géneros que se evidencia en la vuelta a las raíces, con homenajes a Kurosawa y su Ran (1985) -mención aparte para el plano del bar en Canto Bight calcado al “push” de Wings (1927).

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Como siempre, todos los conflictos mayores de esta saga están moldeados por la pertenencia, las relaciones familiares y la búsqueda del padre. Y por ahí encontramos, haciendo a girar los engranajes de la historia, las cuestiones de la iconografía propia de este universo: la fuerza, la luz y la oscuridad, los Jedi, los Sith, los rebeldes y el imperio, las emociones descontroladas como detonante de todos los males. Pero es solo cuando dejamos de ver a Star Wars como un mero espectáculo infantojuvenil y nos sumergimos de lleno en su mitología que esta nueva película cobra sentido y aparece como el objeto cultural que es.

Uno de los puntos en donde destaca Los últimos Jedi es en la incorporación de nuevos conceptos que ponen de cabeza y problematizan los anteriores, otorgando la posibilidad de una relectura y una nueva capa de profundidad de la que sin duda estos filmes carecían. Planos y referencias a los episodios anteriores se convierten tan en protagonistas como la propia Rey ahora o Darth Vader en el pasado, transformando la autocita en un ejercicio de intertextualidad. Detengámonos un momento aquí.

La intertextualidad, esta nueva moneda de cambio en el cine de Hollywood, no es otra cosa que la relación existente entre dos obras, en la que además del significado explícito de una escena, personaje u objeto, hay otra subyacente o implícita vinculada a su contexto. Nada realmente nuevo en la teoría de la creación artística. Si seguimos lo expuesto por el crítico literario Harold Bloom, todas las construcciones artísticas son producto de la interpretación de otra anterior, por lo tanto, esta “ansiedad de la influencia” o intertextualidad sería intrínseca al quehacer creativo. Pero no nos alejemos tanto Chewbacca y compañía.

El problema reside en que, actualmente, la intertextualidad está ahí solo para disparar una reacción emocional en el espectador, sustituyendo el drama, tapando los agujeros de un guión endeble o compensando la falta de creatividad visual de un director con la recompensa emocional fácil que el espectador obtiene al entender la referencia. Así es como logran mantenerse a flote dos de cada tres películas de los universos cinematográficos de superhéroes, ya que basan sus narraciones en conexiones a otras historias. Pero ese será un análisis para otro día.

¿Y cómo aplica todo esto a Leia y los suyos? Rian Johnson no tiene problema en mirar a la cara alguno de los tópicos romantizados en los que ha descansado la franquicia para cuestionar los significantes y darles un nuevo significado, incluso a riesgo de derribar los constructos establecidos por años.

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Los Jedi, el epítome de la sabiduría en la galaxia muy, muy lejana, para el realizador no son otra cosa que los responsables de las mayores crisis que han sacudido a Star Wars, a causa de su filosofía radical, algo fascista, y del todo simplista en la que no existen matices ni zonas grises, solo el mundo binario de buenos y malos. En cambio, en este capítulo de la aventura galáctica, cuando Rey le pregunta a Skywalker qué es la fuerza, éste le responde que es lo que une a todos los seres vivos y que va más allá de la existencia de los Jedi, está ahí con o sin ellos, y que es decisión de cada uno lo que hace con ella.

En una sola escena, que funciona como un espejo al entrenamiento de un joven Luke con Yoda en El Imperio contraataca (1980), el director desmorona toda la mitología en torno a la que ha girado la saga hace 40 años, desafiando las convenciones de la fantasía tradicional que hacía suponer que Rey era la nueva elegida para poner el balance en todo el cosmos por los misteriosos designios del destino, como nos acostumbraron Anakin y Luke. Y sí, nuestra aguerrida protagonista es el futuro, pero no por derecho de nacimiento, sino por la decisión propia de asignarle un propósito a su vida.

Y es que ahora, en tiempos de Zygmunt Bauman y sus modernidades líquidas, en donde todo lo sólido se desvanece en el aire y el cinismo se apodera de los discursos de desafección tanto políticos como ideológicos, no resiste la idea de un héroe casto, heroína puramente virtuosa o antagonista sin ambivalencias.

Es así como en Los últimos Jedi se configuran diálogos y escenas que no solo dan sorprendentes giros a la irregular y enrevesada trama de este melodrama familiar en el espacio, sino que desafían las expectativas para exponer la mentira mejor guardada de los Jedi y, por lo tanto, revisitar un mito con aires frescos. Y son justamente estas relecturas las que mantienen con vida a esta saga que se ha extendido por cuatro décadas, en las que ha sabido tomarle el pulso a la temperatura social, dándole una interpretación en la gran pantalla para todas las generaciones.

 

Nota comentarista: 6/10

Título original: Star Wars: Episode VIII. The Last Jedi. Dirección: Rian Johnson. Guión: Rian Johnson. Fotografía: Steve Yedlin. Música: John Williams. Reparto: Daisy Ridley, John Boyega, Adam Driver, Oscar Isaac, Mark Hamill, Carrie Fisher, Kelly Marie Tran, Domhnall Gleeson. País: Estados Unidos. Año: 2017. Duración: 150 min.