Rey (1): Colonialismo sicodélico

La historia de Orélie Antoine de Tounes se encuentra dentro de las más insólitas del anecdotario nacional. Se cuenta que en 1860 un abogado francés de provincia se auto-proclamó rey de la Araucanía y la Patagonia frente a una delegación mapuche de casi 3.000 integrantes. El intento de reinado duraría apenas dos años después de que el presidente José Joaquín Pérez ordenara su captura. Posteriormente Orélie Antoine pasaría algunos años en un manicomio, terminando sus últimos días de vuelta en Francia sin posibilidades de volver a Chile. Sin embargo, este relato es, como ocurre a menudo, contradictorio e incompleto en su documentación, por lo que la historia de Orélie Antoine se encuentra llena de vacíos y sucesos confusos.

Lo curioso de la leyenda podría parecer material perfecto para una adaptación ficcional, pero la imprecisión de su historia han entrampado la posibilidad de una película biográfica tradicional. El carácter delirante que posee la historia, y los mitos que la rodean, llevaron a Carlos Sorín a plantear una alternativa narrativa durante la década de los ochenta. En La película del rey (1986) el director argentino relató la imposibilidad misma de llevar la vida del francés a la pantalla a través de la historia de un rodaje fallido inspirado en su figura. En Rey, la segunda película del director chileno-estadounidense Niles Atallah, la imposibilidad de retratar al “monarca” francés es tratada de manera aún más radical en una película que se desintegra a medida que progresa.

Rey relata el viaje realizado por Orélie Antoine desde su llegada a Valdivia hasta su misterioso paso por la Patagonia. Paralelamente, se muestra un extravagante juicio en que el estado chileno se querella contra el abogado por cargos de conspiración. Los relatos del propio francés y otros testigos van formando un relato coral en torno a la travesía de Orélie para contactar al lonko Quilapán, con la intención declarada de proclamar su reinado en el territorio araucano.

Una descripción de la trama se queda corta para imaginar que es lo que realmente se ve en la cinta. Después de un prólogo onírico, la película se divide entre las escenas del juicio, escenificadas de manera teatral con personajes usando máscaras de papel maché, y las escenas de la travesía realizada con la ayuda del jinete Juan Bautista Rosales. A medida que se recopilan más testimonios sobre el viaje realizado, ambas dimensiones del relato empiezan a entremezclarse en una especie de Rashomon (Akira Kurosawa, 1950) sicodélico que nos obliga a repasar con sospecha cada escena vista. La estrategia narrativa de Atallah funciona, en parte, por nuestro “entrenamiento” visual a la hora de enfrentar una película biográfica. A pesar de que todo en Rey esté rodeado de un ambiente enrarecido, rápidamente realizamos una distinción mental entre las escenas del juicio, realizadas con una propuesta marcadamente poco realista, y las escenas de la expedición, que por su tratamiento más tradicional sentimos que presentan verdaderamente aquello que “sucedió”. Cuando ambas dimensiones comienzan a ser más difíciles de distinguir, esta “fe” del espectador en el relato histórico se ve problematizada.

La acumulación de testimonios no conforma en Rey, como se ha mostrado tradicionalmente, un relato más confiable, sino que por el contrario, nos obliga a avanzar con desconfianza. Esta reflexión en torno a la fidelidad del relato histórico es representada a su vez por el tratamiento plástico que Atallah realiza sobre el material fílmico. Como el realizador ha descrito en algunas entrevistas, el material rodado fue enterrado e intencionalmente malogrado durante años para conseguir los momentos en que la suciedad de la película se vuelve más evidente. Atallah literaliza su metáfora al hacer que la imposibilidad del relato histórico se convierta en la imposibilidad de obtener una imagen nítida. La propia materialidad de la película se encuentra, de alguna forma, igualmente derruida y fragmentada que los documentos históricos que existen en torno a la historia de Oriéle Antoine.

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Por otra parte, existe en la primera mitad una marcada oposición política entre la actitud del estado chileno y la del francés frente al pueblo mapuche. Durante las primeras escenas se muestra la manera en que el fiscal remarca la integración del territorio mapuche dentro del estado chileno, mientras que Oriéle Antoine les responde exigiendo un reconocimiento del Wallmapu como territorio autónomo. Sin embargo, al igual que con las dimensiones narrativas, se va descubriendo que estas visiones opuestas son más difíciles de distinguir de lo que parece en un principio. En uno de los flashbacks del protagonista, las palabras de los mapuches se convierten en un balbuceo incomprensible. Atallah revela con esta escena el carácter inevitablemente colonial que posee la mirada francesa. El abogado extranjero es capaz de reconocer el derecho del pueblo mapuche sobre su territorio, pero esto solo ocurre por sus deseos de imponer otra forma de dominación.

El estallido de este deseo colonial es el que hace a la película derivar hacia su sección más experimental y lisérgica. En Rey el material fílmico se va arruinando a medida que lo vemos, terminando en un delirio sicodélico de archivos que debería ser disfrutado obligatoriamente en pantalla grande. La experiencia de Rey podría parecer a ratos demasiado extrema, especialmente en esta última parte entregada a la experimentación visual, pero es una radicalidad justificada cuando se considera su relación con la filmografía nacional. La película dialoga tanto con el archivo fílmico y la geopolítica mapuche como con nuestro hábito de espectadores frente al cine histórico nacional.

Nuestra tradición fílmica ha cedido poco espacio para entender el cine histórico como un terreno posible para la experimentación, en que la puesta en escena pueda ser capaz de cuestionar su propio proceso de representación. Esta actitud tradicional frente al cine histórico es lo que llevó a varios críticos nacionales a evaluar Neruda (Pablo Larraín, 2016) exclusivamente a través de su fidelidad con la “historia real”. La radicalidad de Rey permite cuestionarnos esta tendencia a creer ciegamente en las películas biográficas como documento, e incluso nos lleva a replantear nuestra actitud general hacia toda forma de relato histórico.

 

Nota comentarista: 8/10

Título original: Rey. Director: Niles Atallah. Guión: Niles Atallah. Fotografía: Benjamín Echazarreta. Música: Sebastián Jatz. Reparto: Rodrigo Lisboa, Claudio Riveros. País: Chile/Francia/Holanda/Alemania. Año: 2017. Duración: 90 min.