La Mirada de los Comunes (5): Tres imágenes del libro de Godard

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Un par de manos que juegan con una cinta de celuloide.

Esa es la imagen con que Jean-Luc Godard abre su Le livre d’image (2018), un filme producido casi exclusivamente en una sala de montaje por su autor, recurriendo a otros filmes, recortándolos y pegándolos. Esas manos pueden ser las de Godard, recortando aquí una escena de Hitchcock, allá otra de Pasolini y acullá otra de Eisenstein, como quien fuera el legítimo montajista de la historia completa del cine. Y esa es, de cierta forma, la operación que Godard realiza con este filme: presentarse como la memoria del arte de las imágenes que no se someten a un guión. Por eso es tan complejo como sencillo para Godard poder hacer y deshacer los filmes que quiera, a fin de hacer otros que, en el fondo, son el mismo. He ahí su noción de remake: no consiste en el ejercicio mimético que funciona mejor cuando más fiel es la copia al original. Le livre d’image se instala en la historia del cine como un remake de la historia del cine, la repite para hacer algo nuevo con ella: la repite para mostrar que siempre las imágenes fueron libres y que no hay un tiempo que pueda contenerlas. Siempre fueron imágenes completas, precisamente porque eran fragmentos, siendo por eso pertinente la cita que Godard hace a Bertolt Brecht: «Sólo un fragmento porta la marca de la autenticidad». Le livre d’image es el fragmento que recuerda todos los fragmentos.

 

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Dos niños corriendo para alcanzar un tren que ya parte. 

Le livre d’image es la repetición completa de todo el cine. De nuevo. Desde aquel tren que llegó a la estación, filmado por los hermanos Lumière, Godard consigue seguir un hilo por el cual el cine es, justamente, ese arte que no tiene futuro: es el arte de las imágenes, no de los relatos. Es el triunfo de los Lumière por sobre Méliès: la imagen no se deja someter a la dictadura de los cuentos, ni de los viajes. Porque el cine no sólo es esa máquina que trajo la posibilidad de usar el mundo para hacer el mundo, sino que por sobre todo es ese libro que permite conservar un registro de un recorrido que nunca tuvo destino: el cine es ese tren que no llega a ninguna estación. Pero el tren es también la imagen de la nostalgia, del cine como ese arte que no fue, como el arte de un siglo que apenas sobrevive a causa de las puñaladas de la historia. Le livre d’image es la repetición completa de todo el cine, siendo esa una tarea necesaria, ya sea para ayudarlo en su último aliento o para sepultarlo definitivamente; pero es también una tarea inevitable: el cine no consigue escapar de su propia repetición. Esto es lo que afirma Godard al sobreponer imágenes que, siendo lejanas no dejan de descubrirse como parientes. Una mujer que alza una metralleta es también la imagen de la santa que padece, tal como el cuerpo que salta al océano es también el cadáver arrojado después de su ejecución. El cine es la revolución que nunca fue, es la división de las imágenes ante la imposibilidad de su unidad: Le livre d’image es la repetición completa de todo el cine.

 

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El mar enrojecido por algún tinte color sangre, marcado por el logo de Al-Jazeera. 

El cine es una tarea necesaria, pero también es una tarea inevitable: ya no es el arte de las imágenes proyectadas en una sala, sino que es el mundo proyectado en la sala de las imágenes. El cine es la máquina con la Occidente inventa Oriente; la forma por la que un árabe deviene musulmán, terrorista y enemigo. Pero es también el modo en que la imagen resiste: Palestina es un remake, es una repetición, un montaje y un fragmento. Y en ese sentido, Godard peca de optimista: el libro de las imágenes no contiene todas las imágenes. No por no contenerlas todas deja de ser un libro completo, sino que precisamente por su falta de totalidad es que está completo. Godard nos está diciendo que lo que comenzó con un tren llegando a una estación terminará con un horizonte en HD seguido de un baile alegre entre melancólicos. Eso es optimismo de la inteligencia, peligroso optimismo de la inteligencia, porque el libro de las imágenes, a pesar de Godard, sigue tan abierto como cuando se escribió su primera línea: el cine es un arte sin futuro.