Johnny cien pesos, capítulo 2: Los buenos y los malos

El único estreno de cine chileno el año 1993, fue Johnny cien pesos, de Gustavo Graef Marino (entre 1990 y 1993 se estrenaron solo 13 películas, mientras que, por ejemplo, el 2016 registró más de 13 estrenos en salas de cine, según cinedigital.cl). Ambientada en el año 1990, presentaba un Chile, en rigor Santiago, que daba sus primeros pasos en democracia después de la Dictadura de Pinochet. Ávidos de cine, las expectativas de este estreno llamaban a entender la película en clave contextual histórica y política. Una toma de rehenes en un videoclub del centro de Santiago, fachada de una casa de cambio de dólares, era la excusa perfecta para hablar de ciertos problemas del Chile neoliberal transicional de esos años. La película no hacía alusiones a detenidos desaparecidos ni a familiares clamando justicia, pero sí pretendía marcar cierta marginalidad en tensión con un centro político y mediatizado y una justicia y policía que funcionaba como mensaje ideal para la época de incipiente transición, ya que las cabezas del operativo criminal eran apresadas junto a Juan García García, el Johnny.

Pasaron 20 años y un día, asumamos que estamos en el 2010, y el Johnny cumple su sentencia y sale libre, luego de alargar su estadía en la cárcel después de ajusticiar a un criminal y a un gendarme. En su regreso a la ciudad esta ha cambiado un poco, no hay micros amarillas y los nuevos buses ahora se pagan con tarjeta BIP, hay muchos celulares e Internet; un intento por modernizar los referentes, pero sin lograr refrescar el relato y su estructura cinematográficos. Al salir, Johnny se encuentra con su hijo, del cual no sabía de su existencia. El hijo vive con una mujer joven en una mansión lujosa, todo ligado al mundo del narcotráfico y a la figura de Money. En ese contexto, el hijo, la joven y Johnny se ven obligados por Money a llevar a cabo el secuestro de la hija de una familia millonaria. En ese giro, si bien se intenta manifestar una lectura política, “Tener dinero te hace formar parte de un partido político”, dice el padre de la familia, el efecto se diluye rápidamente en lo superficial, pudiendo ser una afirmación neutra y sin riesgo político real. De hecho, la condición social de la víctima solo sirve para enfatizar ciertos estereotipos de clase que la película no logra matizar ni problematizar.

En tanto, al alero de Money hay un grupo acotado de secuaces con escaso espesor para el guión; de hecho, podrían ser tres, cinco, cien y no serían de gran peso. En ese sentido, la puesta en escena del secuestro es sencilla, seguida de un superficial dramatismo y un peso temporal del cautiverio escasamente tenso, sin que se logre empatizar con la víctima y menos en poner en duda si vivirá o no. Incluso se aprecia cierta liviandad, que se diluye rápidamente, en las estrategias vinculares de seducción y empatía entre la adolescente secuestrada y el hijo de Johnny. En general, en Johnny cien pesos 2 los momentos de tensión son un tanto impostados y los de afectos un tanto ligeros, y, por lo mismo, la articulación no alcanza una íntegra configuración dramática.

Gustavo Graef Marino siempre ha querido hacer cine de acción, con entramados políticos más cercanos a una estética hollywoodense que a una de tradición chilena y latinoamericana. Por cierto, a fines de los años noventa filmó Diplomatic Siege (1999), que llegó a Chile con el nombre de Enemigo de mi enemigo. Un cine que se hace presente ahora en la línea de la efectista y bien lograda escena frente a La Moneda. En ella se cae el monumental mástil por sobre un bus del transantiago, lo que podría ser leído como una gran alegoría política de los últimos años: el primero, instalado por el gobierno de Piñera, mientras que el segundo, hito del gobierno de Lagos. Sin embargo, apostando a un cine espectacularizado, la escena se pierde y su efectismo queda relegado a un segundo plano.

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La diferencia entre esta versión y la anterior radica en la construcción de los perfiles de los personajes. Si bien en la primera película los matices iban desde la marginalidad, pasando por los bandidos, el empresario, la policía y los políticos; en la segunda se diluyen los roles y estos devienen en estereotipos. Los malos son muy malos, la policía cumple su función a la perfección, los empresarios tienen mucho dinero, la niña cuica es muy suelta de lengua, el hijo de Johnny se dedica al narcotráfico porque no pudo seguir pagando sus estudios de medicina, y Johnny es diestro en la lucha, pero justo, además de ser un buen padre y un “criminal letrado”: lector y amante de la restauración de libros, algo que aprende en la cárcel y de lo que no se dio pistas en la primera parte.

Johnny cien pesos, capítulo 2 es una película que funciona, puede ser, en tanto logra entramar un relato de lógica hollywoodense superficial, pero coherente. Ahora, tal logro lo hace con escaso espesor de contenido y con efectismo, en tanto son guiños hacia un cine espectacular, violento, con disparos y explosiones, distanciado de, por ejemplo, ciertos tiempos muertos que operan en otras vertientes del cine chileno.

Nota comentarista: 6/10

Título original: Johnny 100 pesos, capítulo dos. Dirección: Gustavo Graef Marino. Guión: Patricio Lynch. Fotografía: Víctor Uribe. Montaje: Camilo Campi. Música: Andrés Pollak. Sonido: Miguel Hormazábal. Reparto: Armando Araiza, Luciana Echeverría, Lucas Bolvarán, Ignacia González, Juan Pablo Bastidas, Francisca Gavilán, Valentina Vargas, Alberto Ellena, Andrea Zuckermann, Juan Arévalo, María Elena Duvauchelle, Daniel Antivilo. País: Chile. Año: 2017. Duración: 113 min.