Green Book (1): Las buenas intenciones

Por Roberto Rubio Ramírez

Para un espectador activo es tentador elucubrar qué pudo haber sido una película en vez de lo que terminó siendo, sus posibles otros rumbos, giros y temas a los que podría haber prestado atención. Llegar a este ejercicio, sin embargo, no es un mérito propio del film. Al contrario, confirma su inestabilidad al momento de proponer ideas. Tal es el caso de Green Book, cinta bienintencionada, pero que termina siendo pura potencia utilizada en pos de emociones deslavadas e inofensivas.

Dirigida por Peter Farrelly y ambientada en los Estados Unidos de los años 60, en Green Book seguimos el viaje por el sur profundo del prodigioso pianista de jazz Don Shirley (Mahershala Ali), de origen jamaiquino y altamente educado, junto a su recién contratado chofer, Tony Lip (Viggo Mortensen), italoamericano, de clase trabajadora, guardia del Copacabana, éticamente cuestionable y altamente racista.  

Buena parte de la película se sostiene en los contrastes -a veces cómicos, a veces dramáticos- entre estos personajes. El diálogo de clase y raza parece plantearse como el motor perfecto para echar a andar sus trasfondos. Y es lo que hace, a ratos. Mientras Tony se pregunta por qué Don insiste en realizar conciertos para públicos constituidos sólo por blancos y en casonas sureñas donde el esclavismo era la norma, Don intenta enseñarle a Tony reglas básicas de etiqueta y escritura, además de darle acceso a esos salones musicales llenos de aristócratas. Viggo Mortensen se mueve a sus anchas, mientras que Mahershala Ali parece quedar al debe, pero ambos coinciden en los toques caricaturescos con los que le dan forma a sus caracteres, configurando así una comedia liviana sobre el encuentro entre dos amigos y su supervivencia en un ambiente hostil.

Hasta ahí lo que podría ser un film del Hollywood más clásico, con final feliz y la inevitable sensación de que el racismo es un problema del pasado, algo para mirar a la distancia a través de un lente conciliador. No obstante, por alguna razón, la cinta, como sin darse cuenta, da unas bocanadas inconscientes por salir de allí. Dentro de Green Book laten arcos argumentales desechados y reflexiones incompletas que, en vez de explotar, deciden evaporarse lentamente a través del tubo de escape del humor.

Green-Book

La formación que recibió Shirley en Rusia es lanzada como un dato sin mayor importancia, poco se ahonda en las razones de su matrimonio fallido y, en consecuencia, la pregunta por la identidad del músico y sus conflictos internos desaparecen mientras la película se preocupa sólo en avanzar hacia su final gratificante. De esta forma, escenas como las de Don observando desde la carretera a un grupo de negros trabajando bajo el sol quedan en el aire, y parecen no querer ser más que buenos clips para las ceremonias de entregas de premios. El Green Book que le da el título al film (la guía para viajeros que indicaba los hoteles y restoranes del sur donde los afroamericanos eran bienvenidos) no es más que un detalle que nada aporta a la relación entre personajes-lugar-contexto. Lo mismo ocurre con las condiciones de “jefe” y “empleado” de los protagonistas, categorías que son lentamente obviadas para abrirle paso al poder de la amistad interracial.

La cinta se puede emparejar sin problemas con la reciente Hidden Figures (Theodore Melfi, 2016), con Driving Miss Daisy (Bruce Beresford, 1989) y con otras amables ganadoras del Oscar interesadas en satisfacer la preocupación blanca por la integración. En ese sentido, Green Book se siente como otro reconfortante paseo con las manos en los bolsillos, silbando sin mucha preocupación los inconvenientes del racismo.  

¿Quiere decir esto que todas las películas que aborden la discriminación deben tener una perspectiva aciaga, de personajes pesimistas y eventos desafortunados? No necesariamente, pero el formato de la buddy comedy calza apenas con un tema de naturaleza tan mutable, viva y contemporánea.

 

Nota comentarista: 6/10

Título original: Green Book. Dirección: Peter Farrelly. Guión: Brian Hayes Currie, Peter Farrelly, Nick Vallelonga. Fotografía: Sean Porter. Música: Kris Bowers. Reparto: Viggo Mortensen, Mahershala Ali, Iqbal Theba, Linda Cardellini, Ricky Muse, David Kallaway, Montrel Miller, Harrison Stone, Mike Young, Jon Michael Davis. País: Estados Unidos. Año: 2018. Duración: 130 min.