El primero de la familia (2): La dignidad de continuar

Parece difícil escribir algo sobre El primero de la familia que no se haya dicho aún. Y creo que eso es un buen síntoma. Porque más allá los innumerables aciertos cinematográficos que posee la película, y de las cosas que no terminan de ajustarse, la mayor importancia de esta obra es que los espectadores hablemos de lo que aparece en pantalla. Y no deberíamos sorprendernos. A riesgo de que algunos piensen que la historia es exagerada, estereotipada o -peor aún- que se trata de un discurso resentido, la realidad mostrada es tan dura, miserable y cierta que es imposible no conmovernos.

Mientras veía a la película no podía dejar de pensar en que seguramente los personajes del filme estaban más incómodos que yo. En una casa pasada a mierda convive una madre enferma que cada día camina menos; un padre que su esposa no desea, y que en el trabajo no es más que un rompe huelga; y una adolescente embarazada de un hueón violento y cobarde. Y luego está Tomás. El primero de la familia. El que se puede salvar. El que a punta de esfuerzos ganó la oportunidad de salir. Sin embargo, es el que más incómodos nos hace sentir. Porque detrás de sus éxitos académicos se esconde la perversión, la claustrofobia de las paredes estrechas, lo siniestro de los espacios que comparte con su hermana, y las miradas punzantes que le dirige con torpe disimulo.

Y ahí es cuándo me vuelvo a preguntar qué nos querrá decir el director, Carlos Leiva. De qué se trata la película. Será de la miserable vida que millones de chilenos llevan; de la perversión que surge cuando no tienes otra opción más que mirar; de una familia incapaz de ser feliz porque, cuando los problemas cotidianos son tantos, no queda espacio para tristezas que no sean prácticas; de un hermano que se obsesiona (quizá se enamora) de su hermana; o del primer integrante de una familia pobre que tiene la posibilidad de irse al extranjero para en un futuro, con suerte, liberarlos a todos. O tal vez se trata de todo eso. O mejor aún, tenemos la posibilidad de elegir qué película queremos ver. Y es que el mérito de un buen film, como de cualquier obra de arte, reside en la capacidad de abrir preguntas y no proponer un camino unívoco para responderlas.

primero-de-la-famEn la medida que el agua brota de las alcantarillas, los problemas individuales y colectivos de una familia promedio van apareciendo en pantallas. Y mientras vemos el los últimos días de Tomás antes de partir al extranjero, pareciera que vemos “el primer fin de semana de su familia”. Y es que cuando todo se vuelve agobiante, sucio, deprimente, brota también la ternura en sus personajes.

Dicen que siempre es más difícil para los que se quedan. Pero en este caso es diferente. Mientras Tomás se lleva sus propios fantasmas y el peso de una familia en la miseria, los que se quedan parecen haber aprendido algo. Una fuerza escondida aparece en cada uno de ellos, y los lleva a luchar distintas y pequeñas batallas. Y aunque probablemente pierdan, al menos eso queda, la dignidad de continuar.

Cuando parte importante del cine de ficción chileno parecía haberse volcado hacia historias de clases sociales más acomodadas, El primero de la familia se dirige a otro lado y nos remueve de nuestro espacio seguro. Nos invita a reflexionar sobre nuestro país. El Chile realmente popular. No el folclórico, no el de la OCDE, ni el que se exporta al resto del mundo. Sino un país donde los jóvenes terminan la universidad llenos de deudas, donde hay menos de diez metros cuadrados por persona en una casa, donde más de la mitad de la población gana menos de 340 mil pesos al mes. El Chile del primero de la familia.

María Luisa Furche Rossé

Nota comentarista: 8/10

Título: El primero de la familia. Dirección: Carlos Leiva. Guión: Carlos Leiva. Fotografía: Felipe Bello. Montaje: Macarena Yurjevic. Sonido: Carlo Sánchez. Música: Cristóbal Briceño. Reparto: Camilo Carmona, Catalina Dinamarca, Paula Zúñiga, Claudio Riveros, Sylvia Hernández, Daniel Antivilo. País: Chile. Año: 2016. Duración: 82 min.