Alas de mar: El espejismo de la belleza

Han pasado tres años desde el estreno del exitoso documental Calafate: zoológicos humanos, y ahora su director, el chileno Hans Mülchi, arremete en Miradoc con Alas de mar, otro documental en la misma línea y temática del anterior, pero que toma una hebra particular de ese trabajo para centrarse en lo que aconteció después con uno de sus protagonistas. Celina LLan LLan es una de las últimas kawéskar que quedan y fue ella quien, con la colaboración de dos científicos suizos, trajo de regreso desde el museo de Zúrich los restos de antepasados suyos que fueron llevados a Europa hace más de 100 años para ser exhibidos en los denominados “zoológicos humanos”, con todo el desarraigo, atropello y vulneración de la dignidad que aquello sin duda supuso.

Ese episodio, del que fuimos testigos a través de Calafate, se convierte así en una suerte de prólogo de este segundo registro que acompaña a Celina y su anciana madre Rosa a la isla Englefield, lugar donde nacieron y en que Celina pasó su primera infancia, antes de ser arrebatada de esa tierra junto a los suyos para vivir en Punta Arenas y ser reeducada al amparo de una “cultura” europeizante, siendo despojada -como mínimo- de su libertad. Celina es el personaje que conecta ambos documentales, pero en Alas de mar ella ocupa un lugar central, porque la reflexión y la perspectiva con que se quiere abordar la extinción de los pueblos originarios de la zona austral, se concreta en individuos de nuestro presente que cuentan con voz propia y desde su experiencia personal siempre vívida la violencia de esos años. Celina, además, ha asumido entre su gente el liderazgo en la supervivencia de su cultura, especialmente en la recuperación de aquellas tierras, haciendo gestiones ante la autoridad y aunando esfuerzos.

Ahora bien, Alas de mar se inserta en una corriente social y cultural que ha buscado posicionar en el centro de la discusión la temática de los pueblos ancestrales y su lucha por no extinguirse. En la producción audiovisual este documental se suma a trabajos muy difundidos, de los cuales El Botón de nácar de Patricio Guzmán viene a ser uno de los últimos estrenos. Sin ánimo de hacer una comparación, al igual que el de Guzmán -aunque sin esa poética- el documental de Mülchi tiene entre sus atributos la imagen: la pantalla muestra con notable nitidez los increíbles parajes del extremo sur chileno y la cámara se solaza con la atmósfera silenciosa, verde y acuática del entorno de Isla Englefield al llegar allí. Celina, Rosa y el pequeño grupo de personas que las acompaña -incluidos el hermano de Celina, su nieto y aquellos científicos ahora amigos- embarcan rumbo a la isla en un paseo sinuoso por los fiordos, frente a la inmensidad de los glaciares y un silencio solo perturbado por el sonido del motor.

La belleza ineludible de los lugares que sirven de escenario al relato y que sin duda es uno de los aspectos que, hoy por hoy, dan mayor garantía de una buena acogida del público espectador, no logra, sin embargo, disimular una cierta falta de consistencia y definición en lo que se quiere contar. A ratos el documental se vuelve quizás demasiado lento, haciendo un uso excesivo de planos largos y silentes que resultan predecibles como recurso visual y no logran conectar esa forzada contemplación con la reflexión a que se supone debe conducirnos el discurso. Y esa conexión bien puede diluirse porque los contornos de la narración son difusos y poco profundos. En más de una ocasión el hilo conductor se pierde y no parece claro cuál es el objetivo. El mensaje que se ha comenzado a escuchar resulta incompleto o interrumpido por conversaciones sobre temas que pueden no estar relacionados con el principal, o estarlo no tan claramente, como si el documental fuera una amalgama de muchas lecciones que quieren darse.

Algunas de las pláticas que sostiene el grupo pueden ser interesantes aisladamente, como cuando se habla de los fósiles encontrados; mientras que otras parecen más un lugar común, como el mensaje ambientalista a propósito de estos parajes indómitos. De esta forma, el documental deja gusto a poco en cuanto a lo que uno quisiera escuchar de Celina: saber más de ella y de su madre, a través de diálogos que pudieron ser más inquisitivos y desafectados.

Un aspecto interesante que es apenas esbozado en un par de escenas (una incluso en los créditos finales) y que, aun cuando no sea el objetivo principal del documental, se inserta un poco inconexo, es precisamente lo que hace Celina al reunirse con autoridades de gobierno para tratar la recuperación de las tierras. Se trata de una conversación que no concluye del todo, pero que permite al menos entender la vigencia de las dificultades que aún enfrentan estos pueblos.

Se valora tener al alcance la historia de estas mujeres y conocer de primera fuente lo que debieron vivir, viéndose insertas en ese mundo extraño que desconocía soberbiamente sus raíces, sus creencias y sus afectos. Pero esta era también una buena oportunidad para ahondar en la investigación histórica y dar algo más de contexto global a lo que a ellas les sucedió y de lo que dan cuenta desde un punto de vista que es fundamentalmente individual. Es en ese sentido que se extraña un revestimiento un poco más contundente que permitiera entender lo que hubo detrás de la política estatal de exterminio y desplazamiento y el impacto que significó.

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Si bien es cierto que ese contexto más general puede encontrarse en Calafate: zoológicos humanos, también es cierto que estructuralmente Alas de mar no se presenta exclusivamente como una continuación de aquel, sino más bien como un trabajo autosuficiente y por tanto es en él donde parece que uno debe buscar -y encontrar- los elementos que permitan que la historia de estas personas quede mejor comprendida.

Contar con el registro de las voces de estas mujeres y de la descripción que hacen era, por cierto, una necesidad imperiosa, fundamentalmente pensando en quienes no están familiarizados (una abrumadora mayoría) con la tragedia de los kawéskar, de los selkman o de los yaganes. En este sentido la línea de trabajo de Mülchi, quien es también historiador, constituye un valioso aporte que debiera, sin embargo, desprenderse de algunos apoyos garantizados para arriesgar -desde el punto de vista cinematográfico- un poco más y no contribuir a la mirada sesgada de quienes ven en estos trabajos -sin verlos realmente- más una propaganda nostálgica que una fuente de aprendizaje y reflexión.

Elena Valderas

Nota comentarista: 6/10

Título: Alas de Mar. Dirección: Hans Mülchi. Guión: Hans Mülchi. Fotografía: Enrique Ramírez. Montaje: Camilo Campi. Sonido: Juan Pablo Manríquez. País: Chile. Año: 2016. Duración: 75 minutos.