El patio (2): La obstinada memoria de los cuerpos

El patio es la historia de los sepultureros del Cementerio General de Santiago que recuerdan y reconstruyen la historia de los meses posteriores al golpe de estado de 1973, y su posición como testigos en la reconstrucción y búsqueda de verdad y justicia de este pasaje del pasado reciente chileno.

El patio, de Elvira Díaz, recuerda rápidamente a Fernando ha vuelto (1998), de Silvio Caiozzi. Aun cuando el relato no se centra completamente en la identificación de los restos, es el contexto el que evoca. Fernando ha vuelto fue testigo documental de una tragedia conocida a posteriori. El registro de la entrega de un cuerpo que luego resultó ser el error de identificación de un ejecutado político, devuelto a sus familiares con el fin de restituir la posibilidad del duelo imposible que deja un cuerpo desaparecido. Luego de ello, investigaciones y pericias forenses indicaron que el Servicio Médico Legal había equivocado el diagnóstico, el cuerpo entregado no correspondía al de Fernando Olivares Mori y los familiares de las víctimas de la dictadura chilena fueron nuevamente vulnerados y violentados.

El patio pareciera anudar ese pasado de identificaciones y equivocaciones inconcluso. No sé si de manera explícita, pero es interesante encontrarse nuevamente con la imagen del Cementerio General y el Patio 29 (el de los N.N, los sin identificar, en el que quedaron cientos de víctimas del terrorismo de estado), apareciendo de otro modo, y repasando la figura de otros testigos de oficio complejo en la historia de la humanidad: los sepultureros.

El documental transita sobre la muerte y el duelo entre los testimonios de los sepultureros que tuvieron la misión de enterrar los cuerpos que aparecían desmembrados en las calles, en sitios eriazos, en el río, golpeados y torturados por la violencia de los militares. Los sepultureros exponen en su relato sus culpas, pero también dejan ver constantemente la posición de quien actúa bajo coacción, bajo vuelos rasantes de aviones que vigilaban la apertura de múltiples fosas durante la noche, bajo las órdenes de los uniformados que recordaban constantemente que el que intentara rebelarse correría igual suerte. Descrito ese escenario es que conmueve aún más cómo estos hombres cuidaron cuanto pudieron los cuerpos ya deshumanizados por la violencia, que iban a parar al patio de los que históricamente no han importado: los indigentes, los sin identificar, aquellos a los que la muerte los señala con un número. Los sepultureros organizaron pequeños actos de resistencia, intentaron guardar ropas, cédulas, registros. Y si bien los esfuerzos fueron infructuosos, logran transmitir ante la cámara, y tal como lo han hecho ante los tribunales, una parte de la historia de la dictadura que impresiona por su literalidad.

El Patio

Una de las hebras más interesantes del documental es la transmisión de la memoria entre sepultureros. Los viejos relatan la historia a un joven que no solo se entera de la historia de la represión a través de esta entrega testimonial sobre la dictadura, sino que también forja su propio oficio a través de ella. Describe cómo el cuidado tratamiento de la limpieza de fosas para su reducción protege a los deudos, y expone con dulzura las imágenes de huesos que el documental insiste en defender que son más que huesos. Hay allí personas. Olvidadas, golpeadas, identificadas y des-identificadas, pero personas. Seres humanos para los que siempre hay un otro anónimo que puede entregar dignidad, resistencia, culpas. Un otro que recuerda que hay comunidad aún.

Si bien el tratamiento del documental es lineal y utiliza imágenes conocidas, oficiales y repetidas en nuestro archivo testimonial sobre la dictadura, rodeando muchas veces la posibilidad de perderse en la literalidad de las osamentas, el recurso emotivo de la música y las imágenes mortuorias del cementerio es capaz de introducir fragmentos de memoria desconocidos, hilvanando las imágenes hegemónicas con las obstinadas. Rescato aquí tres decisiones que el documental utiliza para ese hilván: el recorrido de los sepultureros por el Museo de la Memoria, la evocación del solitario entierro del torturador Osvaldo “Guatón” Romo y las imágenes de entrega de un cuerpo a través del equipo de identificación del Servicio Médico Legal.

Si bien el gesto de llevar a los sepultureros al Museo de la Memoria a hablar y repasar lo que ellos mismos saben no termina de convencer, lo que podría mostrar es que hay relatos que se quedan por fuera de la memoria hegemónica, son sus testigos quienes tienen más que mostrar, sobre todo en la historia que se siguió tejiendo después del plebiscito, momento en el que el Museo de la Memoria insistió en congelarse. Viejos sepultureros siguen trabajando en un oficio incansable -que nos recuerda que el trabajo no abandona a los viejos- y que además cumplen con la tarea del traspaso de la información a los jóvenes y a la cámara. Un oficio ingrato, que incluso los mantiene en la posición paradójica de acompañar en la muerte y en el cuidado de la tumba a los perpetradores de los crímenes, como a ese Osvaldo Romo que murió al cuidado de la caridad de monjas y que fue enterrado solo. Es mejor que nadie sepa donde se ubica en el cementerio, que quede ahí olvidado, ni siquiera profanado. Que el olvido en este sitio haga algo de justicia. No afuera, eso sí.

El-patio

La entrega de un cuerpo, el equipo del Servicio Médico Legal acusando recibo de sus errores y de la violencia de Estado que eso volvió a significar para las víctimas de la dictadura, es la manera que toma el documental y su temática para ajustar cuentas con su propia filiación. Hay un cuerpo que se entrega a los familiares: no son solo huesos, una historia que es más que la foto en blanco y negro acompañando al pequeño ataúd que nos recuerda el paso del tiempo. “El dolor no duró mucho tiempo”, les señala el doctor Patricio Bustos a los familiares. La insistencia en esa frase da cuenta de que el  desconocimiento de esos detalles es lo que seguirá impidiendo cualquier cierre posible que no pase por la verdad y la justicia.

El patio podría, sobre todo por su escenario y montaje, ser un nuevo capítulo de los ya dichos sobre el pasado reciente. Que el cementerio esta vez no engañe, las sepulturas se abren cada cierto tiempo, se limpian, se renuevan. Hay personas que día a día trabajan en ello.  

 

Nota de la comentarista: 7/10

Titulo original: El patio. Dirección: Elvira Díaz. Guión: Elvira Díaz. Producción: Nathalie Combe. Fotografía: Elvira Díaz. Montaje: Florence Jacquet. Música: René Lagos-Diaz. Sonido: Claudio Vergara, Boris Herrera, Andrés Carrasco. País: Chile. Año: 2016. Duración: 82 min.